Ilusiones


"No existe ningún problema que no te aporte simultáneamente un don.
Busca los problemas porque necesitas sus dones."

"Justifica tus limitaciones y ciertamente las tendras"

Richard Bach - Ilusiones

jueves, 26 de noviembre de 2015

LA LEYENDA DEL CRISTO DE LA VEGA - TOLEDO


Es una popular leyenda toledana que más tarde José Zorrilla convertiría en pieza literaria bajo el nombre de "A buen juez, mejor testigo"



Cuenta la leyenda que hubo en Toledo dos amantes: el capitán Don Diego Martínez y Doña Inés de Vargas. Al haber tenido relaciones antes del matrimonio y ante el temor de que esto fuera conocido, sobre todo por su padre, Inés exige al joven que repare su honor y se case con ella. Diego alegando que tiene que partir hacia Flandes le promete que a su regreso se casará con ella. Inés no fiándose de su palabra le hace jurar ante el Cristo de la Vega, que contraerán matrimonio en cuanto regrese y el tocando los pies de la imagen hace el juramento.


Después de un largo tiempo, más de tres años en los que Inés había aguardado desconsolada la vuelta de su enamorado, acudiendo a rezar y rogar al Cristo; único testigo del juramento; por el regreso de Diego, pues en el únicamente encontraba apoyo y consuelo, reconoce a Diego al frente de un grupo de caballeros que entraban a Toledo por la puerta de Cambrón. La joven salió corriendo en su busca, pero Diego que contaba con honores y una nueva posición social, había olvidado sus promesas, espoleando su caballo siguió su camino renegando así de su juramento.


Inés desesperada ante el rechazo de Diego, acudió ante el gobernador de Toledo, Don Pedro Ruiz de Alarcón, pidiéndole justicia. Don Pedro escuchó toda la historia y le pidió que presentara algún testigo del juramento, pero la joven dijo no tener ninguno. Cuando más tarde Diego fue llamado negó toda la historia, alegando que el jamás había hecho ningún juramento. El gobernador al no haber ningún testigo de los hechos acaecidos, nada podía hacer pues era la palabra de uno contra el otro.


En el momento en que Diego iba a marcharse con gesto altanero, satisfecho después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quién era ese testigo, todos quedaron paralizados por el asombro. El silencio se hizo profundo en el tribunal y, tras un momento de vacilación y de una breve consulta de don Pedro con los jueces que le acompañaban en la administración de justicia, decidió acudir al Cristo de la Vega a pedirle declaración.


Entraron todos en el claustro donde se encontraba la imagen, "encendieron ante el Cristo cuatro cirios y una lámpara", se postraron de rodillas y rezaron en voz baja. 


A continuación uno de los notarios se adelantó hacia la imagen y teniendo a los dos jóvenes a ambos lados, en voz alta, después de leer "la acusación entablada” demandó a Jesucristo como testigo:


"¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, Diego Martínez juró desposar a Inés de Vargas?"


Tras unos instantes de expectación y silencio, el Cristo bajó su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos, abrió los labios y exclamó: "¡Sí, juro!"


Ante este hecho tan prodigioso ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y se retiraron a sendos conventos.



A buen juez, mejor testigo  Parte Final

...Está el Cristo de la Vega
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos de una vara;
hacia la severa imagen
un notario se adelanta
de modo que con el rostro
al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez,
a otro lado a Inés de Vargas,
detrás al gobernador
Cristo de la Vega
en procesión durante la Semana Santa
con sus jueces y sus guardias.
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el notario a Jesucristo,
así demandó en voz alta:
Jesús, Hijo de María,
ante nos esta mañana,
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas,
¿juráis ser cierto que un día
a vuestras divinas plantas
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?
Asida a un brazo desnudo
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma,
y allá en los aires: "¡Sí, juro!"
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa…….
Los labios tenía abiertos
y una mano desclavada.


Conclusión

Las vanidades del mundo
renunció allí mismo Inés,
y espantado de sí propio
Diego Martínez también.
Los escribanos, temblando
dieron de esta escena fe,
firmando como testigos
cuantos hubieron poder.
Fundóse un aniversario
y una capilla con él,
y don Pedro de Alarcón
el altar ordenó hacer,
donde hasta el tiempo que corre,
y en cada año una vez,
con la mano desclavada
el crucifijo se ve.



Ermita del Cristo de la Vega

También conocida como Basílica de Santa Leocadia, su origen data de la época visigoda, lugar de culto y donde se celebraban los llamados "concilios". Esta situada fuera de los muros de la ciudad, en la antigua zona de cementerios de Toledo en la rivera del rio (Tajo), en la llamada Vega Baja.



Segunda talla que fue destruida
conservándose sólo la cabeza
que se encuentra en la Catedral.




En su día estuvieron enterrados los restos de Santa Leocadia y San Eugenio, que más tarde serían trasladados. Fue reconstruida en 1816, después de la Guerra de la Independencia, y más tarde en 1846 fue reformada, hasta que después de 1939 tuvieron que realizarse diferentes obras de reconstucción, debido a los grandes desperfectos ocasionados durante la guerra, quedando su estructura tal y como se conserva en la actualidad.


Se puede observar la influencia mudéjar en su típica edificación de ladrillo, yeso y madera. Consta de planta de una sola nave y ábside, está rodeada de un gran jardin y junto a ella nos encontramos con el Monumento al Corazón de Jesús, un hermoso conjunto de estilo neomudéjar, que data de 1933, con una altura apróximada de 36 metros y que también sufrió graves daños durante la guerra civil, siendo reconstruido posteriormente e inagurado en 1942.



Monumento al Corazón de Jesús



Altar en la actualidad


La ermita vista desde otro ángulo







martes, 24 de noviembre de 2015

FIESTAS DE MADRID - SAN ISIDRO LABRADOR






San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza




























Las Fiestas de San Isidro Labrador son fiestas patronales que se celebran anualmente en Madrid, durante un periodo de varios días en torno al 15 de mayo. Se caracterizan por las romerías, verbenas, atracciones y diversos espectáculos tradicionales. La romería de San Isidro es una de las más “castizas”, la celebración de esta festividad tiene lugar sobre todo en la “Pradera de San Isidro”, en las calles aledañas y como no con la procesión del Santo y la misa en la pradera junto a la ermita. Estas fiestas fueron inmortalizadas en diversos cuadros como por ejemplo el de Francisco de Goya representando la popularidad de esta fiesta a finales del siglo XVIII.


La festividad su celebración y así como sus tradiciones giran en torno a la asociación que hay entre el agua y San Isidro. Es costumbre ir en romería el día 15 de mayo a beber el "agua del santo" que brota en un manantial anexo a la Ermita de San Isidro. Estas celebraciones se mezclan con la costumbre de merendar en las praderas colindantes, si el tiempo lo permite.


Un poco de historia:

San Isidro nació en Madrid en abril de 1082. Según cuentan relatos de la época el santo poseía el don de encontrar agua fácilmente. Algunos de los manantiales que encontró fueron considerados como lugares mágicos, incluso algunos de ellos como milagrosos. Contrajo matrimonio con María, nacida en el pueblo de Caraquiz en la provincia de Guadalajara. Durante un tiempo, debido a los ataques almorávides a Madrid, se marchan a vivir a Caraquiz, hasta que en el año 1119 vuelven a la capital, ocupando una casa cercana a la Iglesia de San Andrés, donde San Isidro vivió hasta su muerte el 30 de noviembre de 1172, su esposa regresa a Caraquiz donde pasó sus últimos días. La muerte del santo hizo que su fama se acrecentara durante el siglo XV.


Celebraciones en la ermita de San Isidro

El cuerpo del Santo fue exhumado por primera vez en abril de 1212 e introducido en un sepulcro de la Iglesia de San Andrés (Madrid), donde permaneció hasta 1266. La devoción al Santo fue creciendo y su cuerpo a veces era llevado en procesión con el objeto de invocar lluvias. En 1520 Juan de Vargas solicita permiso papal para construir en la Plaza de la Paja una pequeña capilla dedicada al santo, y para poder colocar allí sus restos. Juan de Vargas manda construir en 1528 una ermita dedicada a San Isidro, este edificio se encuentra a las afueras de la ciudad, y es el que dio origen a la visita que anualmente hacemos los madrileños a la llamada “pradera” de San Isidro. Fue beatificado el 14 de julio de 1619 y se fija la fiesta para el 15 de mayo. El cuerpo del santo se introdujo en 1692 en una caja de madera regalada por Mariana de Neobourg, esposa de Carlos II. La canonización hizo que se buscara un nuevo emplazamiento para sus restos y en 1669 se traslada a la capilla de San Isidro. La devoción del Santo que tuvo Carlos III hizo que los restos fueran trasladados (por quinta vez) al Colegio Imperial. Actualmente se encuentran en la colegiata que fue construida en el siglo XVII como iglesia del antiguo Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, y que se encuentra anexo al Colegio. En ella se custodian los restos mortales de san Isidro, patrón de Madrid, y de su esposa, santa María de la Cabeza.


Delante de la Ermita de San Isidro existe una pradera que recogía a los primeros madrileños que querían disfrutar de su romería. El cuadro La pradera de San Isidro, pintado por Francisco de Goya en 1788, es un ejemplo de la importancia que adquirió esta celebración en el pasado. Veinte años después esta ermita recibe la ocupación de los franceses en la que desaparecen numerosos objetos donados por los reyes. Tras este periodo los madrileños recorrían la cuesta de la Vega y la calle Segovia para acabar en la ermita para reverenciar los restos y para beber del caño de la fuente mientras era costumbre recitar:

San Isidro hermoso,
patrón de Madrid,
que el agua del risco
hiciste salir


La pradera de San Isidro - Francisco de Goya


De izquierda a derecha rosquillas listas, tontas,
francesas y de Santa Clara
Es costumbre ya desde el siglo XVI la de merendar en el césped de la pradera y aprovechar el agua de los manantiales cercanos. Los múltiples puestos en los alrededores vendían rosquillas (Rosquillas del Santo), entre las más conocidas y populares se encontraban, las tontas (sin recubrimiento), las listas (con baño de azúcar), las de Santa Clara, las francesas. Son igualmente tradicionales los "torraos" y las almendras garrapiñadas, las manzanas caramelizadas, los encurtidos, los escabeches. Igualmente era costumbre comprar botijos (coloraos de Alcorcón, o los amarillos de Ocaña), pitos con flores de cristal (los denominados pitos del Santo). Las bebidas habituales eran los «chicos» de Valdepeñas (vasos de vino), la «clara con limón» y las limonadas.


El escritor Benito Pérez Galdós nos recuerda en su obra "Mayo y los Isidros" que era costumbre viajar a Madrid para esta celebración, de esta forma la capital se llenaba de extranjeros recorriendo las calles. La mejora de las comunicaciones hizo que numerosos habitantes de las afueras asistieran el 15 de mayo a estas celebraciones, a estos visitantes foráneos se les denominó con el mote de "Isidros". La romería durante el siglo XX fue trasladada a la antigua dehesa de la Arganzuela y luego a la Casa de Campo, pero en 1941 se volvió a recuperar la tradición de asistir a la pradera.


En la actualidad las celebraciones se reparten a lo largo de toda la ciudad, las diversas casas regionales ubicadas en Madrid suelen hacer bailes regionales en la Plaza Mayor, acontecimientos gastronómicas, verbenas de barrio, ferias taurinas, actos religiosos, actos deportivos como regatas en el río Manzanares, etc. Cada 15 de mayo es costumbre que los madrileños se reunan para comer en la famosa pradera y beber el agua que sale del caño de la ermita. El paseo que da a la ermita se llena de puestos con diversos elementos gastronómicos de la cocina madrileña como pueden ser la fritura de las gallinejas y los entresijos, bocadillos, encurtidos diversos (banderillas, aceitunas, berenjena de Almagro). Como si se tratase de un picnic, se extienden mantas en el suelo para disfrutar de la tortilla de patata, los pimientos verdes fritos, la empanada, el vino (preferiblemente en bota) o un cocido madrileño gigante que posteriormente se reparte. El ambiente de verbena se llena de tiovivos. También es típico bailar un chotis vestido de chulapo y comprar las tradicionales rosquillas en los puestos de la feria.



Música típica de las verbenas de Madrid, "El chotis"
interpretado en esta ocasión por Olga Ramos (1918-2005)
cupletista española, violinista y actriz, en su antiguo local, ya desaparecido,
"Las noches del cuplé" en la C/de la Palma - Madrid


Algunos fotos relacionadas con las fiestas de San Isidro y carteles de las fiestas en diferentes años:


Ermita de San Isidro


Colegiata de San Isidro el Real


Procesión de San Isidro en la Plaza Mayor

Imagen de Santa María de la Cabeza

Pradera de San Isidro sobre los años 60

Pradera de San Isidro en la actualidad


Gigantes y Cabezudos - fiestas de San Isidro



Fiestas en Madrid sin importar la época




















Fiestas de Madrid, tradiciones y costumbres que esperemos continúen
sin importar los tiempos, épocas y modas.

Capilla de la Cuadra de San Isidro

La Capilla de la Cuadra de San Isidro (denominada también Cuadra de San Isidro) es una pequeña capilla de advocación a San Isidro Labrador que según cuenta la tradición popular era la cuadra (Caballeriza) donde guardaba los bueyes de la labranza. La cuadra era mayorazgo propiedad de la familia Vargas (concretamente de Iván Vargas), señores de Isidro. A comienzos del siglo XXI se encuentra en los bajos de una casa que data del siglo XIX (año 1859). La capilla se encuentra cerrada durante todo el año, con excepción del 15 de mayo en que es posible visitarla con motivo de la celebración de las fiestas de San Isidro Labrador. La Capilla ha sido declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Sitio Histórico por la Comunidad de Madrid.



La tradición popular asigna al lugar donde se encuentra la capilla el sitio donde San Isidro guardaba sus animales. Lugar donde posiblemente durmiera en algunas ocasiones, como corresponde a la costumbre de los campesinos. De ser cierto, la capilla es posterior al siglo XII. La ermita surge del corral propiedad de los Vargas.




























Se accede a ella por un portal que da a la calle Pretil de Santisteban. La planta es rectangular, cubierta por una bóveda rebajada. El retablo interior es de estilo neoclásico. Se representan las imágenes de San Isidro con la yunta de bueyes junto con Santa María de la Cabeza, también se encuentran diferentes cuadros del pintor Manuel Castellano cuadro del milagro de las palomas del siglo XIX y la vidriera es obra de la casa Maumejean. 

Uno de los milagros atribuidos a San Isidro:

María e Isidro tan sólo tuvieron un hijo, al que las tradiciones populares le atribuyen el nombre de San Illán. Uno de los milagros más conocidos del santo es aquel según el cual el niño cayó a un pozo muy profundo. Santa María rogó a su marido que lo salvase y al instante el agua del pozo subió milagrosamente hasta el brocal, llevando al niño sobre sus aguas intacto.


El pozo se encuentra en la que fue casa de Iván de Vargas, amo de Isidro, actual Museo de los Orígenes, llamado hasta 2007 Museo de San Isidro, un edificio reconstruido modernamente. A finales de 2012 vuelve a llamarse Museo de San Isidro.





martes, 17 de noviembre de 2015

CAPRICHOS Y SOBRESALTOS DE MADRID.


Los que hemos nacido en los albores del siglo XX formamos una generación demoledora de tópicos y desdeñadora de méritos pretéritos. Y, sin embargo, ninguna otra generación ha saltado a la acción y al berreo de la vida en momento tan saturado de aquellas toxinas míticas y topiqueras. España acababa de perder su rango internacional. España, como una gran dama "tronada", que vende su galería de pinturas y sus escriños de joyas para seguir malviviendo, se encerraba en su gran salón de antepasados -Madrid-, de frente al hogar, dentro de la fatalidad de semihundirse en las sombras y semiquedar en el contraluz, a soñar nada más que con el pasado, a repasar los detalles como las cuentas de cerezo del rosario de siempre. Madrid..., Madrid, humillado por la adversidad, sopapeado por el implacable realismo, arrebatado a las efimeras soberbias, posos de varios siglos opulentos, por la risa rebeliana del Tío Sam -judío, banquero y cómitre de América-, se replegó a sus horizontes familiares: el verde respingo corcino de El Pardo, el entrecejo azulenco del Guadarrama -melancolía la mejor destilada del alambique multisecular de Castilla-, el bosquecillo de la Casa de Campo, ya sin osos empinados a los rubíes pendientes de los madroñales, pero sí con idéntico y cotidiano afán de crepúsculos, maravillosos estrambotes de sonetos gongorinos: los repechos aledaños a las puentes segoviana y toledana, en lo que es fácil aún imaginarse el binado bárbaro de los bueyes de Isidro y la sencillez suburbiana y machorra de María de la Cabeza.



Representación de
San Isidro y Santa María de la Cabeza


Nada que no estuviera en él valía la pena. Ya que se había perdido toda la soberanía del rumbo exterior, debían de conservarse tal que reliquias, tal que las mismísimas cenizas de los dioses lares, ante las cuales la lámpara votiva es la confesión de impersonalidad, cuantos detalles recordaba por doquier los pasados tiempos de intensidad filipina o de confusión borbónica. Por aquellos años nació el viciado concepto de madrileñismo. ¡Recordar!... ¡Consevar!.


Pero ¿no eran admisibles otros verbos de acción menos triste y más preñados de esperanza?

Los nacidos en los albores del siglo XX nos hemos criado en pañales de tópicos y hemos chupado de los pechos de la tradición, rutina y mojigatería, y recibido las somantas de un romanticiso que se trasladaba en tranvías de mulas y se sacaba de los faldellines del los chaqués "a lo Ramón Cilia", los tomitos de poesias lírico-filosófico-docentes de Campoamor y Camposorio.


Nuestra infancia madrileña tuvo arrullos y arrumacos de exaltado amor local. a veces dicharachos elevados a categoría de sentencias folklóricas, como aquellos de "La villa, cara y gracias de Dios...", "Madrid, castillo famoso...". A veces, ponderaciones de casos y sucesos y sucedidos: "la parada" de las once ante el Palacio de Oriente, bajo un cielo tela y color de biombo con sedería de palomas voladas; el chocolate de doña Mariquita, las tertulias literarias en la librería de Fe, las sobrecenas "del Levante", las noches de turno para en el Real, complicadas con Verdi, Donizetti o Puccini; el estruendo de los universitarios, remozados todos los cursos en las aulas de "San Carlos" o de "San Bernardo", en las pensiones docerrealeras y en el contoneo inacabable de los merenderos aledaños al río.





Madrid creó, para destetarnos en letras, una literatura recocentrada en el más ortodoxo madrileñismo. Los números insobornables de Trigo, Répide, Francés, Gonzalez-Blanco, Mora, Zamacois y trantos otros exprimieron sus jugos más selectos sobre el encanto de la Villa del oso y del madroño.


Misteriosos índices nos imponían silencio tan pronto como iniciábamos una protesta para el dogma del catecismo. Lorancio guardaba sus anatemas para nuestras rebeldías, aun inconcretas. "¿Qué pretendíamos?", parecía ser la muda y asombrada y asombrosa pregunta de Madrid. ¿No nos bastaba tener el mejor museo, el agua mejor y la mejor chulería del mundo? ¿No delirábamos, paseando bajo la luna, por rincones maravillos como la plaza de la Paja, la calle del Conde o el pretil de los Consejos? ¿No comprendíamos que únicamente bajo el mantón "alfombrao" y la capa de vueltas de felpa se puede sentir al corazón en jubileo de amor por la patría chica? Ninguna infancia como la de los nacidos en los albores del siglo XX ha sido tan asendereada por el codazo y el tufillo del localismo. Y, sin embargo entre nosotros, los que vivimos la centuria, están quienes buscan sin desmayo un nuevo concepto de Madrid, rescatado al tópico, ajeno a la falsilla tradicional, destrabado de los verbos conservadores y recordatorios. Entre nosotros están quienes se alegran de que las reformas actuales hagan desaparcer barrios viejos y rincones de sobresalto, de que el huracán de los intereses materiales convierta teatros absurdos en Bancos y templos de obscura tramoya dieciochesca en cinematógrafos. Entre nosotros están los enemigos del pasodoble, de la expresión gora con ribetes, de la evocación -radiada o escrita- de tiempos románticos, en que juegan papales maestros el pistolón de Larra, la pluma de Mesonero, las corcheas de Bretón y los ripios de López Silva. Entre nosostros puede sorprenderse la fobia por lo tradicional y el desdén por el sainete.





Y, sin embargo, ¡qué puro y desinteresado madrileñismo el nuestro! ¿Hay nada tan hermoso en el amor como ignorar su porqué? Se sabe que, desde luego no es por ningún detalle como cualquiera de aquellos ensalzados por los medrileñistas de oficio -y hasta oficiales-, quienes creen ver disminuidos sus entuasiasmos si el detalle mengua, se transforma o desaparece.


Pensamos los nacidos con el siglo que el espíritu, el ambiente, la sugestión y el rango de una ciudad no pueden estar en una suma cuyos sumandos sean: un rincón callejero, una iglesia, una plazuela "cruzada", una afición y una historieta. El alma de Madrid es regusto, es acicate, es sensación de afinidad. El alma de Madrid, para nosotros, cambia su expresionismo -tan fácil en la vulgaridad- por un impresionismo puro y distinto de cada uno. A los buceadores de un nuevo concepto de Madrid, la Villa, como cualquier hermosa mujer, les parece siempre mejor con el último adorno que luzca; y lo que en ella pasó de moda no puede ser declarado tabú, sino que ha de ser arrumbado, menospreciado, olvidado... si es que la Historia no lo recoge en su seno enfriado de objetividad.



Plaza de Cibeles 1898

Creemos que el concepto de Madrid ha de ser deshumanizado. Para que cada uno manifieste su amor local, que no ha de acudir a raizarlo ni en una perspectiva ni en un recuerdo, sino en un "no sé cómo" y en un "no sé por qué", surgidos de una causa indeterminada, y apremiantes siempre y siempre violentos hacia el futuro, sin esas debilidades que representan las miradas retrospectivan y sin esas impotencias que suponen los únicos celos en lo ya parido y definido.


Madrid no puede representar sino un mito de más sutil perfección futura siempre, como todas y cada una de las religiones, en las que nada vale el pasado. Quien desee concretar su mejor concepto debe partir del principio de su más absoluta deshumanización. De Madrid no hay, para siempre, sino el cielo y la tierra -la peana y la corona-; su pretérito, estéril y mohoso se arrumba en el gran almacén de antigüedades del mundo, y su futuro está entero, agudo como una proa y palpitante como una llama, en la intención y en el deseo de cuantos madrileños hemos nacido en los albores de este siglo, cuyo fastigio es el de la rebeldía o el de la inconformidad.






Texto de Federico Carlos Sainz de Robles.
Madrid, 3 de septiembre de 1898, 
Madrid, 27 de noviembre de 1982.
Escritor, dramaturgo, historiador, lexicógrafo, crítico literario, folklorista, bibliógrafo y ensayista español.
Libro de Madrid.









Algunos lugares de Madrid:





Puente Toledo



 Edificio del Palacio de la Prensa y Plaza de Callao 1927







Fachada del Teatro Apolo 


Calle Fernando VI - 1930




Casa de Campo - Madrid en la actualidad





"Luciendo Capa"
Mi abuela por parte de padre,
ataviada con su mantón de Manila



























Merendero en la Dehesa de la Villa





Kiosko La Paloma - Dehesa de la Villa - Actualmente




El Café Gijón célebre por sus reuniones de artistas y tertulias











Escriño: Cofre pequeño o caja para guardar joyas, papeles o algún otro objeto precioso.

Cómitre: nombre masculino
1. Persona que en las galeras dirigía la boga o grupo de remeros y a cuyo             cargo estaba el castigo de los condenados a la pena de galeras.
2. Persona que ejerce su autoridad con excesivo rigor o dureza.

Corcino: Corzo pequeño.

FastigioParte más alta de algo que remata en punta, como una pirámide.
              cumbre (mayor elevación de algo).