Ilusiones


"No existe ningún problema que no te aporte simultáneamente un don.
Busca los problemas porque necesitas sus dones."

"Justifica tus limitaciones y ciertamente las tendras"

Richard Bach - Ilusiones

sábado, 24 de septiembre de 2016

INTRAMUROS (Esta noche estoy solo)


      Esta noche estoy solo. Mi compañero (algún día sabrás el nombre) está en la enfermería. Es buena gente, pero de vez en cuando no viene mal estar solo. Puedo reflexionar mejor. No necesito armar un biombo para pensar en vos. dirás que cuatro años, cinco meses y catorce días son demasiado tiempo para reflexionar. Y es cierto. Pero no son demasiado tiempo para pensar en vos. Aprovecho para escribirte porque hay luna. Y la luna siempre me tranquiliza, es como un bálsamo.  Además ilumina, así sea precariamente, el papel, y esto tiene su importancia porque a esta hora no tenemos luz eléctrica. En los dos primeros años ni siquiera tenía luna, así que no me quejo. Siempre hay alguien que está peor, como concluía Esopo. Y hasta peorísimo, como concluyo yo.


      Es curioso. Cuando uno está afuera e imagina que, por una razón o por otra, puede pasar varios años entre cuatro paredes, piensa que no aguantaría, que eso sería sencillamente insoportable. No obstante, es soportable, ya se ve. Al menos yo lo he soportado. No niego haber pasado momentos de desesperación, además de aquellos en que la desesperación incluye sufrimiento físico. Pero ahora me refiero a la desesperación pura, cuando uno empieza a calcular, y el resultado es esta jornada de clausura, multiplicada por miles de días. No obstante, el cuerpo es más adaptable que el ánimo. El cuerpo es el primero que se acostumbra a los nuevos horarios, a sus nuevas posturas, al nuevo ritmo de sus necesidades, a sus nuevos cansancios, a sus nuevos descansos, a su nuevo hacer y a su nuevo no hacer. Si tenés un compañero, lo podés medir al principio como a un intruso. Pero de a poco se va convirtiendo en interlocutor. El de ahora es el octavo. Creo que con todos me he llevado bastante  bien. Lo bravo es cuando las desesperaciones no coinciden, y el otro te contagia la suya, o vos le contagiás la tuya. O también puede ocurrir que uno de los dos se oponga resueltamente al contagio y esa resistencia origine un choque verbal, un enfrentamiento, y en esos casos justamente la condición de clausura ayuda poco, más bien exacerba los ánimos, le hace a uno (y al otro) pronunciar agravios, y, algunas veces, hasta decir cosas irreparables que enseguida agudizan su significado por el mero hecho de que la presencia del otro es obligatoria y por tanto inevitable. Y si la situación se pone tan dura que los dos ocupantes del lugarcito no se dirigen la palabra, entonces tal compañía, embarazosa y tensa, lo deteriora a uno mucho más, y más rápidamente, que una soledad total. Por suerte, en este ya largo historial, tuve un solo capítulo de este estilo, y duró poco. Estábamos tan podridos de ese silencio a dos voces, que una tarde nos miramos y casi simultáneamente empezamos a hablar. Después fue fácil.


      Hace aproximadamente dos meses que no tengo noticias tuyas. No te pregunto qué pasa porque sé lo que pasa. Y lo que no. Dicen que dentro de una semana todo se regularizará otra vez. Ojalá. No sabés lo importante que es una carta para cualquiera de nosotros. Cuando hay recreo y salimos, de inmediato se sabe quiénes recibieron cartas y quiénes no. Hay una extraña iluminación en los rostros de los primeros, aunque muchas veces traten de ocultar su alegría para no entristecer más a los que no tuvieron esa suerte. en estás últimas semanas, por razones obvias, todos estábamos con caras largas, y eso tampoco es bueno. De modo que no tengo respuesta a ninguna pregunta tuya, sencillamente porque carezco de tus preguntas. Pero yo sí tengo preguntas. No las que vos ya sabés sin necesidad de que te las haga, y que, dicho sea de paso, no me gusta hacerte para no tentarte a que alguna vez (en broma, o lo que sería muchísimo más grave, en serio) me digas: "Ya no" Simplemente quería preguntarte por el Viejo. Hace mucho que no me escribe. Y en este caso tengo la impresión de que no hay otra causa para la no recepción de cartas. Sólo que hace mucho que no me escribe. Y no sé por qué. Repaso a veces (sólo mentalmente, claro) lo que recuerdo haberle escrito en algunos de mis breves mensajes, pero no creo que haya habido en ellos nada que lo hiriera. ¿Lo ves a menudo? Otra pregunta: ¿cómo le va a Beatriz en la escuela? En su última cartita me pareció notar cierta ambigüedad en sus datos. ¿Te das cuenta de que te extraño? Pese a mi capacidad de adaptación, que no es poca, ésta es una de las faltas a las que ni mi ánimo ni mi cuerpo se han acostumbrado. Al menos, hasta hoy. ¿Llegaré a habituarme? No lo creo. ¿Vos te habituaste?.







Así comienza la novela "Primavera con una esquina rota" de Mario Benedetti. Un testimonio "del Uruguay bajo la dictadura y el Uruguay del exilio". Una historia cercana y realista de lo que significó para él y para muchas familias uruguayas el tiempo de la dictadura.















ELISEO DIEGO - POEMAS

La Habana 1920 - México D.F. 1993



CANCIÓN PARA TODAS LAS QUE ERES

No solo el hoy fragante de tus ojos amo 
sino a la niña oculta que allá dentro 
mira la vastedad del mundo con redondo azoro, 
y amo a la extraña gris que me recuerda 
en un rincón del tiempo que el invierno ampara.

La multitud de ti, la fuga de tus horas, 
amo tus mil imágenes en vuelo 
como un bando de pájaros salvajes.

No solo tu domingo breve de delicias 
sino también un viernes trágico, quien sabe, 
y un sábado de triunfos y de glorias 
que no veré yo nunca, pero alabo.

Niña y muchacha y joven ya mujer, tú todas, 
colman mi corazón, y en paz las amo.



VOY A NOMBRAR LAS COSAS

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.

Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia, 
despojados de sombra, siempre iguales.

Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.

Ni el estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.

Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.

Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarla de pronto con el alba.


ASOMBRO 

Me asombran las hormigas que al ir 
vienen tan seguras de sí que me dan miedo 
porque están donde van sin más preguntas 
y aunque asomos de vida son perfectas 
si minúsculas máquinas que saben 
el dónde y el adónde que les toca 
y a la muerte la ignoran como a nada 
si no fuese tan útil instrumento 
con que hacer de lo inerme nueva vida. 

Pero aunque agrande su minucia viva 
el azoro redondo en que las miro 
y me apena que no se sepan nunca 
tal como son en su afanarse oscuro 
ya tan inmemorial como la Tierra 

más me asombra mi pena y me convence 
de que saberse el ser bien que la vale 
aun cuando el precio sea tan alto como 
el enorme silencio de allá afuera. 




viernes, 23 de septiembre de 2016

EL TEMOR DE UN HOMBRE SABIO



El temor de un hombre sabio. 
Crónica del asesino de reyes: segundo día 




de Patrick Rothfuss
Madison, 1973
 Wisconsin, Estados Unidos

Escritor estadounidense y profesor adjunto de lengua y filología inglesa en la Universidad de Wisconsin


Segundo libro de la Trilogía Crónica del asesino de reyes:

Primer día: El nombre del viento.

Segundo día: El temor de un hombre sabio.

Tercer día: Las puertas de piedra - 
               Sin publicar





Es el segundo día y Kvothe continua narrando su historia, sigue estudiando en la Universidad y también siguen tocando en los locales de Anker's, además de sus encuentros aleatorios con Denna. Sin embargo, debido a multitud de problemas, entre ellos tener que presentarse ante la ley del hierro y ser llevado a juicio, sus amigos le aconsejan dejar la Universidad un tiempo.


Kvothe deja la Universidad para ponerse en marcha hacia Vintas, donde un poderoso noble requiere sus servicios. Tras un desafortunado viaje llega a Severen, donde rápidamente se encuentra enredado en la política de la sociedad cortesana. Al intentar ganarse el favor del maer Alveron, Kvothe descubre un intento de asesinato, ayuda a cortejar a la amada del maer, y dirige un grupo de mercenarios con el fin de acabar con los bandidos que extorsionan los caminos por los que viajan los recaudadores de impuestos del acaudalado noble.




Una vez terminado con ellos, en un día de luna llena, el grupo de mercenarios y Kvothe descubren a Felurian, un ser Fata, antiguo e irresistible para cualquier hombre, de la que se cuentan innumerables e increíbles historias. A pesar del miedo de sus acompañantes, Kvothe persigue a la mítica mujer, entrando así en el reino Fata, del que ningún hombre ha vuelto. Sin embargo, el ingenioso Ruh, después de pasar un tiempo con ella, se las arregla para que Felurian le deje ir con la promesa de que volverá cuando termine la canción que está componiendo para ella y dándole además una capa de sombras junto con una gran cantidad de experiencias amorosas.




Las Guerras de la Creación y el Robo de la Luna

Las Guerras de la Creación terminaron con el mundo dividido en dos y la luna atrapada entre ambos mundos. Según Felurian, el robo de la Luna puso fin a la última oportunidad para la paz. Le cuenta a Kvothe que antes de los hombres y de los Fata, cuando sólo existía un cielo, había hombres que caminaban por la tierra con los ojos abiertos y conocían los nombres de las cosas viviendo en paz. Entonces llegaron aquellos que veían una cosa y pensaban en cambiarla. Eran los modeladores o creadores y tenían grandes sueños. Su poder fue creciendo y los antiguos habitantes intentaron pararles pero los creadores se negaron a acatar sus normas y crearon el Reino Fata, un lugar donde podían hacer lo que ellos quisieran. Durante un tiempo hubo dos mundos y dos cielos pero entonces el mayor y más poderoso de los modeladores deseó robar la luna y llevarla al mundo Fata. Pero no pudo hacer que se quedara en su mundo por lo que ahora la Luna se mueve entre los dos mundos provocando la guerra entre los creadores y los antiguos habitantes.


A su vuelta al mundo de los mortales, Kvothe acompaña a Tempi, mercenario adem, hacia Haert, donde aprende el legendario Ketan y consigue seguir el camino del Lethani con ayuda de su maestra Vashet donde le dicen que después de tres años podría pelear igual que Tempi. Sin embargo Kvothe decide que es momento de volver a a la tierra del maer. De camino, Kvothe libera a dos muchachas de manos de una falsa troupe de Ruh, poniendo de manifiesto su experiencia recién adquirida en el combate.


Al llegar a Severen recibe su recompensa por los servicios prestados a Alveron, pero debido al odio de la esposa del maer hacia los Ruh, se ve obligado a abandonar Vintas de vuelta a la Universidad, no sin antes haber recibido algunos favores de parte de Alveron. Allí se vuelve a reunir con todos sus amigos, Simmon, Wil, Fela, Mola y Devi, con el maestro Elodin, a quien cuenta la historia de sus aventuras por el mundo Fata, y por último con Denna, a pesar de que el encuentro no termina del todo bien.


Kvothe retoma sus estudios, y dado que el maer se comprometió a pagarle las matrículas, se ve por primera vez con dinero y con una serie de historias que pasan de boca en boca, las cuales hablan de un joven pelirrojo que invocó al rayo, regresó de los brazos de Felurian, y consiguió nombrar al viento. Su viaje cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.





Personajes Principales:

Kvothe es un Edena Ruh (artistas itinerantes que son a menudo despreciados) y de su familia le viene su talento a la hora de tocar instrumentos, sobre todo el laúd. Al quedarse huérfano a una edad muy temprana, se ve forzado a sobrevivir como ladrón y vagabundo. Gracias a su talento y habilidades consigue llegar a la Universidad, convirtiéndose en el alumno más joven jamás admitido, después de el maestro nominador Elodin. Tiene una gran determinación, fuerza de voluntad, memoria e inteligencia.

Denna: Es una joven de la que Kvothe se enamora. No permanece mucho tiempo en el mismo lugar, nunca habla de su pasado y cada vez que aparece ha cambiado de nombre y de acompañante. Padece de una afección respiratoria y no es capaz de dormir más de tres horas seguidas por las noches, lo que hace que se despierte y vuelva a dormirse continuamente. Es hermosa, inteligente, elegante y valiente, también tiene talento para la música y el canto. Trabaja para un misterioso mecenas del que Kote sospecha que puede ser uno de los Chandrian, "Ceniza". Kvothe se refiere a él como "Maese Fresno".

Felurian: Es un ser Fata y está considerada como la mujer más hermosa tanto en el mundo de los hombres como en el de los Fata. Se la podría describir como caprichosa e infantil, a veces se muestra sensata y otras fácilmente irritable. Cruza al mundo de los mortales para seducir a los hombres y atraerles a su mundo. Entonces, utiliza todo su poder de seducción hasta enloquecer a los hombres o incluso matarles. Tiene un largo encuentro con Kvothe y se hacen amigos incluso mantienen relaciones sexuales. Le regala un shaed (una capa de sombras que permite a Kvothe ser menos visible en la oscuridad). El shaed tiene la particularidad de que, cuando alguien lo observa, no ve "nada extraño" en él (excepto Elodin) y que es capaz de moldearse a gusto de su propietario. Ella lo deja marchar con la promesa de que él volverá cuando termine una canción para ella.

Bast: Es discípulo y amigo de Kvothe  y le ayuda a llevar la posada. En apariencia Bast parece humano pero en realidad es un Fata. El mayor deseo de Bast es que Kvothe vuelva a ser el hombre que fue y es por eso que le anima a contar su verdadera historia. 

Devan Lochees: Es conocido como "Cronista", es uno de los biógrafos más famosos de todos los tiempos. Es rescatado por Kvothe de unos demonios y llevado a la posada Roca de Guía. Después de darse cuenta de quién es en verdad el posadero, le convence para que le cuente la historia de su vida.

Maestro Elodin: Es un Maestro Nominador. Excéntrico y brillante, fue admitido en la Universidad con 14 años, graduándose a los 18 y ocupó también el cargo de rector. Hace años ocurrió un incidente del cual no quiere hablar y fue encerrado en el sanatorio de la Universidad hasta que se fugo. Elodin enseña a Kvothe a encontrar el nombre del viento y se hace también su amigo. Sabe muchas cosas de las que no suele hablar, cosas sobre Felurian o los Adem.

Conde Threpe: Mecenas musical que vive en Imre. Quiere ayudar a Kvothe e intenta conseguirle un mecenas y por fin lo consigue al ponerse en contacto con el maer de Vintas, donde envía a Kvothe para que se ponga a su disposición y pueda conseguir sus favores y así poder seguir en la Universidad.

Maer Lerand Alveron: Gobernante de Vintas. Kvothe se pone a su servicio durante una temporada sirviéndole de consejero y haciendo para él lo que necesite. Es un hombre severo sobretodo si no se respetan sus normas, un poco prepotente quizás por pertenecer y descender de la nobleza. Kvothe le ayuda a conseguir el amor de la dama Meluan, a la que convertirá en su esposa.

Meluan Lackless: Heredera de la familia Lackless, una de las más importantes de Vintas. Es cortejada por el Maer y termina casándose con Alveron gracias a la ayuda de Kvothe. Aunque al principio simpatiza con Kvothe, cuando descubre que es un Ruh comienza a sentir un profunda aversión por él, ya que su hermana mayor, Netalia, se fugó con un Edena Ruh, por lo cual fue desheredada y Meluan pasó a ser la única heredera. Se cree que Netalia Lackless se cambió el nombre, pasando a llamarse "Laurian", y que era la madre de Kvothe. 

Stapes: Amigo desde la infancia y también consejero del Maer. Le regala a Kvothe un anillo de hueso (lo que significa tener una deuda profunda y duradera) por salvar la vida al Maer.

Tempi: Un mercenario Adem que conoce a Kvothe en Vintas, haciéndose grandes amigos, le llevará hasta Haert para que aprenda las artes del "Ketan y el Lethani".  

Shehyn: Anciana maestra de la escuela de Haert en Ademre, donde Kvothe vive por un tiempo convirtiéndose en su alumno y consiguiendo pasar todas sus pruebas. Lleva un gorro de lana amarillo hecho por su nieta.

Vashet: Llamada "El Martillo", es otra de las maestras de Kvothe y la encargada de evaluar si tiene las habilidades necesarias para convertirse en Adem. Después de algún tiempo, Kvothe y ella empieza a tener relaciones aunque el no se compromete.

Penthe: Es una muchacha Adem, considerada una de las mejores luchadoras de la escuela. Es la primera en hacerse amiga de Kvothe.

Carceret: Una mercenaria Adem que está en contra de enseñar a Kvothe los secretos de los Adem. Le odia porque le considera un ladrón de la sabiduría adémica, y también porque Kvothe recibe a Cesura (Saicere, la espada que Vashet elige para Kvothe), la cuál fue antes de la madre de Carceret.

Magwyn: Abuela de Vashet, le da a Kvothe el nombre Adem de Maedre, que significa la llama, el trueno o el árbol partido.


Algunas frases del libro:

"Todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable."

"La música existe para cuando nos fallan las palabras."

"Es mejor parar cuando debes, antes que correr hasta caerte."

"Mis mayores éxitos fueron producto de decisiones que tomé cuando dejé de pensar e hice sencillamente lo que me parecía correcto."

"El día que empezamos a preocuparnos por el futuro es el día que dejamos atrás nuestra infancia."

"El poder está bien, y la estupidez es, por lo general, inofensiva. Pero el poder y la estupidez juntos son peligrosos."

"Dormida era el cuadro de un incendio. Despierta era el fuego mismo."

"Las preguntas que no podemos contestar son las que más nos enseñan."

"Es mejor tener la boca llena de veneno que un secreto en el corazón. Cualquier idiota sabe escupir el veneno."

"Si quieres saber quién eres, camina hasta que no haya nadie que sepa tu nombre."





Os lo recomiendo, un gran libro de literatura fantástica igual de bueno o mejor incluso que el primero.





miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA CASA DE LABOR

Hermann Hesse


Junto a esta casa, me despido. Pasará mucho tiempo antes e que vuelva a ver una casa semejante. Porque me estoy acercando al paso de los Alpes, y aquí se termina la arquitectura septentrional alemana, así como la lengua alemana y el paisaje alemán.


!Que hermoso es cruzar tales fronteras! El caminante es en muchos aspectos un hombre primitivo, del mismo modo que el nómada es más primitivo que el campesino. Pero vencer el sedentarismo y despreciar las fronteras convierte a la gente de mi clase en postes indicadores de futuro. Si hubiera más personas que sintieran mi profundo desprecio por las fronteras, no habría más guerras ni bloqueos. No existe nada más odioso que las fronteras, nada más estúpido. Son como cañones, como generales: mientras reina el buen sentido, la humanidad y la paz, no nos percatamos de su existencia y sonreímos antes ellas, pero en cuanto estallan la guerra y la demencia, se convierten en importantes y sagradas. ¡Hasta qué punto significan durante los años de guerra tortura y prisión para nosotros los caminantes! ¡Que el diablo se me las lleve!




Dibujo la casa en mi libreta de apuntes, y mis ojos se despiden del tejado alemán, de las viguerías y frontones alemanes, de muchas cosas íntimas y familiares. Una vez más siento un amor intensificado por todo lo patrio, porque se trata de una despedida. Mañana amaré otros tejados, otras cabañas. No dejaré aquí mi corazón, como se dice en las cartas de amor. Oh, no, el corazón lo llevaré conmigo, también lo necesito en las montañas, y a todas horas. Porque soy nómada, no campesino. Soy un amante de la infidelidad, del cambio, de la fantasía. No me seduce encadenar mi amor a una franja de tierra. Todo cuanto amamos sigue siendo sólo un símil para mí. Cuando nuestro amor se detiene y se convierte en fidelidad y virtud resulta sospechoso.


¡Dichoso campesino! ¡Dichoso el propietario, el virtuoso, el sedentario, el fiel! Puedo amarle, puedo respetarle, puedo envidiarle. Pero he perdido la mitad de mi vida intentando imitar su virtud. Quería ser lo que no era. Cierto que quería ser poeta pero, al mismo tiempo, un ciudadano. Quería ser artista y un hombre de imaginación, pero también tener virtud y disfrutar de la patria. Tardé mucho tiempo en saber que no se puede ser y tener las dos cosas a la vez, que soy nómada y no campesino, perquisidor y no guardián. Durante mucho tiempo me he mortificado ante diosos y leyes que para mí eran solamente ídolos. Este fue mi error, mi tormento, mi complicidad en la desgracia del mundo. Incrementé la culpa y el tormento del mundo empleando la violencia contra mí mismo, no atreviéndome a seguir el camino de la redención. El camino de la redención no me lleva ni a derecha ni a izquierda, me lleva al propio corazón, y sólo allí está Dios, y sólo allí está la paz.


Desde las montañas sopla una húmeda ráfaga; al otro lado, azules y celestes islas contemplan nuestras tierras. Bajo aquellos cielos seré feliz a menudo, y también a menudo sentiré nostalgia del hogar. El perfecto representante de mi especie, el vagabundo puro, no debería conocer esta nostalgia. Yo la conozco, no soy perfecto y tampoco pretendo serlo. Quiero saborear mi nostalgia como saboreo a mis amigos. 


Este viento hacia el que trepo tiene una maravillosa fragancia de lejanía y de otro mundo, de aguas divisorias y fronteras lingüisticas, de sur y de montañas. Está lleno de promesas.


¡Adiós pequeña casa de labor y paisaje de la patria! Me despido de vosotros como un adolescente de su madre: sabe que ya le ha llegado la hora de separarse de ella, y sabe también que nunca podrá abandonarla del todo, aunque tal fuera su deseo.


Del libro "El caminante" - prosas, poemas y acuarelas.




martes, 13 de septiembre de 2016

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ

Al poeta Juan Ramón Jiménez

            I

   Siendo mozo Alvargonzález, 
Antonio Machado

dueño de mediana hacienda, 
que en otras tierras se dice 
bienestar y aquí, opulencia,

   en la feria de Berlanga 
prendóse de una doncella, 
y la tomó por mujer 
al año de conocerla.

   Muy ricas las bodas fueron,
y quien las vio las recuerda; 
sonadas las tornabodas 
que hizo Alvar en su aldea:

   hubo gaitas, tamboriles, 
flauta, bandurria y vihuela, 
fuegos a la valenciana 
y danza a la aragonesa.

            II

   Feliz vivió Alvargonzález 
en el amor de su tierra. 
Naciéronle tres varones, 
que en el campo son riqueza,

   y, ya crecidos, los puso, 
uno a cultivar la huerta, 
otro a cuidar los merinos, 
y dio el menor a la Iglesia.

            III

   Mucha sangre de Caín 
tiene la gente labriega, 
y en el hogar campesino 
armó la envidia pelea.
   Casáronse los mayores; 
tuvo Alvargonzález nueras, 
que le trujeron cizaña
antes que nietos le dieran.
  La codicia de los campos 
ve tras la muerte la herencia; 
no goza de lo que tiene 
por ansia de lo que espera.

   El menor, que a los latines 
prefería las doncellas 
hermosas y no gustaba 
de vestir por la cabeza, 
colgó la sotana un día 
y partió a lejanas tierras.

La madre lloró, y el padre 
diole bendición y herencia.

            IV

   Alvargonzález ya tiene 
la adusta frente arrugada, 
por la barba le platea 
la sombra azul de la cara.
  Una mañana de otoño 
salió solo de su casa; 
no llevaba sus lebreles, 
agudos canes de caza.
   Iba triste y pensativo 
por la alameda dorada; 
anduvo largo camino 
y llegó a una fuente clara.
   Echóse en la tierra; puso 
sobre una piedra la manta, 
y a la vera de la fuente 
durmió al arrullo del agua.

        EL SUEÑO

            I

  Y Alvargonzález veía, 
como Jacob, una escala 
que iba de la tierra al cielo, 
y oyó una voz que le hablaba.
Mas las hadas hilanderas, 
entre las guedijas blancas 
y vellones de oro, han puesto 
un mechón de negra lana.

            II

Tres niños están jugando 
a la puerta de su casa; 
entre los mayores brinca 
un cuervo de negras alas.
La mujer vigila, cose,
y a ratos, sonríe y canta.

—Hijos, ¿qué hacéis? — les pregunta.

Ellos se miran y callan.

—Subid al monte, hijos míos, 
y antes que la noche caiga, 
con un brazado de estepas 
hacedme una buena llama.

            III

   Sobre el lar de Alvargonzález 
está la leña apilada; 
el mayor quiere encenderla, 
pero no brota la llama.
—Padre, la hoguera no prende, 
está la estepa mojada.

   Su hermano viene a ayudarle 
y arroja astillas y ramas 
sobre los troncos de roble; 
pero el rescoldo se apaga.

   Acude el menor, y enciende, 
bajo la negra campana 
de la cocina, una hoguera 
que alumbra toda la casa.

            IV

   Alvargonzález levanta 
en brazos al más pequeño 
y en sus rodillas lo sienta.
—Tus manos hacen el fuego...
Aunque el último naciste, 
tú eres en mi amor primero.

   Los dos mayores se alejan 
por los rincones del sueño.

   Entre los dos fugitivos 
reluce un hacha de hierro.

      AQUELLA TARDE...

            I

   Sobre los campos desnudos, 
la Luna llena manchada 
de un arrebol purpurino, 
enorme globo, asomaba.

   Los hijos de Alvargonzález 
silenciosos caminaban, 
y han visto al padre dormido 
junto de la fuente clara.

            II

   Tiene el padre entre las cejas 
un ceño que le aborrasca 
el rostro, un tachón sombrío 
como la huella de un hacha.

   Soñando está con sus hijos, 
que sus hijos lo apuñalan; 
y cuando despierta, mira 
que es cierto lo que soñaba.

            III

   A la vera de la fuente 
quedó Alvargonzález muerto.
Tiene cuatro puñaladas 
entre el costado y el pecho, 
por donde la sangre brota, 
más un hachazo en el cuello.
Cuenta la hazaña del campo 
el agua clara corriendo, 
mientras los dos asesinos 
huyen hacia los hayedos.
Hasta la Laguna Negra, 
bajo las fuentes del Duero, 
llevan el muerto, dejando 
detrás un rastro sangriento; 
y en la laguna sin fondo, 
que guarda bien los secretos, 
con una piedra amarrada 
a los pies, tumba le dieron.

            IV

   Se encontró junto a la fuente 
la manta de Alvargonzález, 
y, camino del hayedo, 
se vio un reguero de sangre.
Nadie de la aldea ha osado 
a la laguna acercarse, 
y el sondarla inútil fuera, 
que es la laguna insondable.
Un buhonero, que cruzaba 
aquellas tierras errante, 
fué en Dauria acusado, preso 
y muerto en garrote infame.

            V

   Pasados algunos meses, 
la madre murió de pena.
Los que muerta la encontraron,
dicen que las manos yertas 
sobre su rostro tenía, 
oculto el rostro con ellas.

            VI

   Los hijos de Alvargonzález 
ya tienen majada y huerta, 
campos de trigo y centeno 
y prados de fina hierba; 
en el olmo viejo, hendido 
por el rayo, la colmena, 
dos yuntas para el arado, 
un mastín y cien ovejas. 


      OTROS DÍAS

            I

   Ya están las zarzas floridas,
y los ciruelos blanquean; 
ya las abejas doradas 
liban para sus colmenas, 
y en los nidos, que coronan 
las torres de las iglesias, 
asoman los garabatos 
ganchudos de las cigüeñas.
Ya los olmos del camino 
y chopos de las riberas 
de los arroyos, que buscan 
al padre Duero, verdean.
El cielo está azul, los montes 
sin nieve son de violeta.
La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza; 
muerto está quien la ha labrado, 
mas no le cubre la tierra.

            II

   La hermosa tierra de España 
adusta, fina y guerrera 
Castilla, de largos ríos, 
tiene un puñado de sierras 
entre Soria y Burgos como 
reductos de fortaleza, 
como yelmos crestonados, 
y Urbión es una cimera.

            III

   Los hijos de Alvargonzález, 
por una empinada senda, 
para tomar el camino 
de Salduero a Covaleda, 
cabalgan en pardas mulas, 
bajo el pinar de Vinuesa.
Van en busca de ganado 
con que volver a su aldea, 
y por tierra de pinares 
larga jornada comienzan.
Van Duero arriba, dejando 
atrás los arcos de piedra 
del puente y el caserío 
de la ociosa y opulenta 
villa de indianos. El río. 
al fondo del valle, suena, 
y de las cabalgaduras 
los cascos baten las piedras.

A la otra orilla del Duero 
canta una voz lastimera:
"La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza, 
y el que la tierra ha labrado 
no duerme bajo la tierra."

            IV

   Llegados son a un paraje 
en donde el pinar se espesa, 
y el mayor, que abre la marcha, 
su parda mula espolea, 
diciendo: —Démonos prisa,
porque son más de dos leguas 
de pinar y hay que apurarlas 
antes que la noche venga.

   Dos hijos del campo, hechos 
a quebradas y asperezas, 
porque recuerdan un día 
la tarde en el monte tiemblan.
Allá en lo espeso del bosque 
otra vez la copla suena:

"La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza, 
y el que la tierra ha labrado 
no duerme bajo la tierra".

            V

   Desde Salduero el camino 
va al hilo de la ribera; 
a ambas márgenes del río 
el pinar crece y se eleva, 
y las rocas se aborrascan, 
al par que el valle se estrecha.
Los fuertes pinos del bosque 
con sus copas gigantescas 
y sus desnudas raíces 
amarradas a las piedras; 
los de troncos plateados,
cuyas frondas azulean, 
pinos jóvenes; los viejos, 
cubiertos de blanca lepra, 
musgos y líquenes canos 
que el grueso tronco rodean, 
colman el valle y se pierden 
rebasando ambas laderas.

Juan, el mayor, dice: —Hermano, 
si Blas Antonio apacienta 
cerca de Urbión su vacada, 
largo camino nos queda.
—Cuando hacia Urbión alarguemos 
se puede acortar de vuelta, 
tomando por el atajo, 
hacia la Laguna Negra,
y bajando por el puerto 
de Santa Inés a Vinuesa.
—Mala tierra y peor camino. 
Te juro que no quisiera 
verlos otra vez. Cerremos 
los tratos en Covaleda; 
hagamos noche y, al alba, 
volvámonos a la aldea 
por este valle, que, a veces, 
quien piensa atajar rodea.

   Cerca del río cabalgan 
los hermanos, y contemplan 
cómo el bosque centenario, 
al par que avanzan, aumenta, 
y la roqueda del monte 
el horizonte les cierran.
El agua, que va saltando, 
parece que canta o cuenta:

"La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza, 
y el que la tierra ha labrado 
no duerme bajo la tierra". 


       CASTIGO

            I

   Aunque la codicia tiene 
redil que encierre la oveja, 
trojes que guarden el trigo, 
bolsas para la moneda, 
y garras, no tiene manos 
que sepan labrar la tierra.
Así, a un año de abundancia 
siguió un año de pobreza.

            II

   En los sembrados crecieron 
las amapolas sangrientas; 
pudrió el tizón las espigas 
de trigales y de avenas; 
hielos tardíos mataron 
en flor la fruta en la huerta, 
y una mala hechicería 
hizo enfermar las ovejas.

   A los dos Alvargonzález 
maldijo Dios en sus tierras, 

y al año pobre siguieron 
luengos años de miseria.

            III

   Es una noche de invierno. 
Cae la nieve en remolinos. 
Los Alvargonzález velan 
un fuego casi extinguido.
El pensamiento amarrado 
tienen a un recuerdo mismo, 
y en las ascuas mortecinas 
Paisaje nevado en tierras de Soria
del hogar los ojos fijos.
No tienen leña ni sueño.
Larga es la noche y el frío 
mucho. Un candilejo humea 
en el muro ennegrecido.
El aire agita la llama, 
que pone un  fulgor rojizo 
sobre las dos pensativas  
testas de los asesinos.
El mayor de Alvargonzález, 
lanzando un ronco suspiro, 
rompe el silencio, exclamando:

—Hermano, ¡qué mal hicimos!

   El viento la puerta bate,
hace temblar el postigo, 
y suena en la chimenea 
con hueco y largo bramido.
Después, el silencio vuelve, 
y a intervalos el pabilo 
del candil chisporrotea 
en el aire aterecido.
El segundón dijo: —¡Hermano, 
demos lo viejo al olvido!

      EL VIAJERO


            I

   Es una noche de invierno. 
Azota el viento las ramas 
de los álamos. La nieve 
ha puesto la tierra blanca.
Bajo la nevada, un hombre 
por el camino cabalga; 
va cubierto hasta los ojos, 
embozado en lengua capa.
Entrado en la aldea, busca 
de Alvargonzález la casa, 
y ante su puerta llegado, 
sin echar pie a tierra, llama.

            II

  Los dos hermanos oyeron 
una aldabada a la puerta, 
y de una cabalgadura 
los cascos sobre las piedras.
Ambos los ojos alzaron,
llenos de espanto y sorpresa.

—¿Quién es?  ¡Responda! —gritaron.
—¡Miguel! —respondieron fuera.

Era la voz del viajero 
que partió a lejanas tierras.

            III

  Abierto el portón, entróse 
a caballo el caballero 
y echó pie a tierra. Venía 
todo de nieve cubierto.
En brazos de sus hermanos 
lloró algún rato en silencio.
Después dio el caballo al uno, 
al otro, capa y sombrero, 
y en la estancia campesina 
buscó el arrimo del fuego.

            IV

   El menor de los hermanos, 
que, niño y aventurero,
fué más allá de los mares 
y hoy torna indiano opulento, 
vestía con negro traje 
de peludo terciopelo, 
ajustado a la cintura 
por ancho cinto de cuero.
Gruesa cadena formaba 
un bucle de oro en su pecho.
Era un hombre alto y robusto, 
con ojos grandes y negros 
llenos de melancolía; 
la tez de color moreno, 
y sobre la frente comba 
enmarañados cabellos.
El hijo que saca porte 
señor de padre labriego, 
a quien fortuna le debe 
amor, poder y dinero. 
De los tres Alvargonzález 
era Miguel el más bello; 
porque al mayor afeaba 
el muy poblado entrecejo 
bajo la frente mezquina, 
y al segundo, los inquietos 
ojos que mirar no saben 
de frente, torvos y fieros.

            V

  Los tres hermanos contemplan 
el triste hogar en silencio; 
y con la noche cerrada 
arrecia el frío y el viento.

—Hermanos, ¿no tenéis leña?
dice Miguel.

           —No tenemos 
responde el mayor.

                         Un hombre, 
milagrosamente ha abierto 
la gruesa puerta cerrada 
con doble barra de hierro.

El hombre que ha entrado tiene 
el rostro del padre muerto.
Un halo de luz dorada 
orla sus blancos cabellos. 
Lleva un haz de leña al hombro 
y empuña un hacha de hierro.

       EL INDIANO

            I

    De aquellos campos malditos, 
Miguel a sus dos hermanos 
compró una parte: que mucho 
caudal de América trajo, 
y aun en tierra mala, el oro 
luce mejor que enterrado, 
y más en mano de pobres 
que oculto en orza de barro.

   Dióse a trabajar la tierra 
con fe y tesón el indiano, 
y a laborar los mayores 
sus pegujales tornaron.

   Ya con macizas espigas, 
preñadas de rubios granos, 
a los campos de Miguel 
tornó el fecundo verano; 
y ya de aldea en aldea 
se cuenta como un milagro, 
que los asesinos tienen 
la maldición en sus campos.

   Ya el pueblo canta una copla 
que narra el crimen pasado:

"A la orilla de la fuente 
lo asesinaron.
¡Qué mala muerte le dieron 
los hijos malos!
En la laguna sin fondo 
al padre muerto arrojaron.
No duerme bajo la tierra 
el que la tierra ha labrado".

            II

   Miguel, con sus dos lebreles 
y armado de su escopeta, 
hacia el azul de los montes, 
en una tarde serena, 
caminaba entre los verdes 
chopos de la carretera, 
y oyó una voz que cantaba:

"No tiene tumba en la tierra. 
Entre los pinos del valle 
del Revinuesa, 
al padre muerto llevaron 
hasta la Laguna Negra...". 


       LA CASA

            I

   La casa de Alvargonzález 
era una casona vieja, 
con cuatro estrechas ventanas, 
separada de la aldea 
cien pasos, y entre dos olmos 
que, gigantes centinelas, 
sombra le dan en verano, 
y en el otoño hojas secas.

   Es casa de labradores, 
gente, aunque rica, plebeya, 
donde el hogar humeante, 
con sus escaños de piedra,
se ve sin entrar, si tiene 
abierta al campo la puerta.

   Al arrimo del rescoldo 
del hogar borbollonean 
dos pucherillos de barro, 
que a dos familias sustentan.

   A diestra mano, la cuadra 
y el corral, a la siniestra, 
huerto y abejar, y al fondo, 
una gastada escalera 
que va a las habitaciones,
partidas en dos viviendas.

   Los Alvargonzález moran 
con sus mujeres en ellas. 
A ambas parejas que hubieron, 
sin que lograrse pudieran, 
dos hijos, sobrado espacio 
les da la casa paterna.

   En una estancia que tiene 
luz al huerto, hay una mesa 
con gruesa tabla de roble, 
dos sillones de vaqueta, 
colgado en el muro, un negro 
ábaco de enormes cuentas, 
y unas espuelas mohosas 
sobre un arcón de madera.

   Era una estancia olvidada 
donde hoy Miguel se aposenta. 
Y era allí donde los padres 
veían en primavera 
el huerto en flor, y en el cielo 
de mayo, azul, la cigüeña 
—cuando las rosas se abren 
y los zarzales blanquean,— 
que enseñaba a sus hijuelos 
a usar de las alas lentas.

   Y en las noches del verano, 
cuando la calor desvela, 
desde la ventana al dulce 
ruiseñor cantar oyeran.

   Fue allí donde Alvargonzález, 
del orgullo de su huerta 
y del amor a los suyos, 
sacó sueños de grandeza.

   Cuando en brazos de la madre 
vio la figura risueña 
del primer hijo, bruñida 
de rubio sol la cabeza, 
del niño que levantaba 
las codiciosas, pequeñas 
manos a las rojas guindas 
y a las moradas ciruelas, 
o aquella tarde de otoño, 
dorada, plácida y buena, 
él pensó que ser podría 
feliz el hombre en la tierra.

  Hoy canta el pueblo una copla 
que va de aldea en aldea:

"¡Oh casa de Alvargonzález, 
qué malos días te esperan! 
¡Casa de los asesinos, 
que nadie llame a tu puerta!"

            II

   Es una tarde de otoño. 
En la alameda dorada 
no quedan ya ruiseñores; 
enmudeció la cigarra.

   Las últimas golondrinas, 
que no emprendieron la marcha, 
morirán, y las cigüeñas 
de sus nidos de retamas, 
en torres y campanarios, 
huyeron.

                   Sobre la casa 
de Alvargonzález, los olmos 
sus hojas, que el viento arranca,
van dejando. Todavía 
las tres redondas acacias, 
en el atrio de la iglesia, 
conservan verdes sus ramas, 
y las castañas de Indias 
a intervalos se desgajan 
cubiertas de sus erizos; 
tiene el rosal rosas grana 
otra vez, y en las praderas 
brilla la alegre otoñada.

   En laderas y en alcores, 
en ribazos y en cañadas, 
el verde nuevo y la hierba, 
aún del estío quemada, 
alternan; los serrijones 
pelados, las lomas calvas, 
se coronan de plomizas 
nubes apelotonadas; 
y bajo el pinar gigante, 
entre las marchitas zarzas 
y amarillentos helechos, 
corren las crecidas aguas 
a engrosar el padre río 
por canchales y barrancas.

   Abunda en la tierra un gris 
de plomo y azul de plata, 
con manchas de roja herrumbre, 
todo envuelto en luz violada.

   ¡Oh tierras de Alvargonzález, 
en el corazón de España, 
tierras pobres, tierras tristes, 
tan tristes que tienen alma!

   Páramo que cruza el lobo 
aullando, a la luna clara 
de bosque a bosque; baldíos 
llenos de peñas rodadas, 
donde, roída de buitres,
brilla una osamenta blanca; 
pobres campos solitarios 
sin caminos ni posadas,

¡oh pobres campos malditos, 
pobres campos de mi patria! 


       LA TIERRA

            I

   Una mañana de otoño, 
cuando la tierra se labra, 
Juan y el indiano aparejan 
las dos yuntas de la casa. 
Martín se quedó en el huerto 
arrancando hierbas malas.

            II

   Una mañana de otoño, 
cuando los campos se aran, 
sobre un otero, que tiene 
el cielo de la mañana 
por fondo, la parda yunta 
de Juan lentamente avanza.

   Cardos, lampazos y abrojos, 
avena loca y cizaña, 
llenan la tierra maldita, 
tenaz a pico y a escarda.

   Del corvo arado de roble 
la hundida reja trabaja 
con vano esfuerzo; parece, 
que al par que hiende la entraña 
del campo y hace camino 
se cierra otra vez la zanja.

   "Cuando el asesino labre 
será su labor pesada; 
antes que un surco en la tierra, 
tendrá una arruga en su cara..."

            III

   Martín, que estaba en la huerta 
cavando, sobre su azada 
quedó apoyado un momento; 
frío sudor le bañaba 
el rostro.

               Por el Oriente, 
la Luna llena, manchada 
de un arrebol purpurino, 
lucía tras de la tapia 
del huerto.

                 Martín tenía 
la sangre de horror helada. 
La azada que hundió en la tierra 
teñida de sangre estaba.

            IV

   En la tierra en que ha nacido 
supo afincar el indiano; 
por mujer a una doncella 
rica y hermosa ha tomado.
   La hacienda de Alvargonzález 
ya es suya, que sus hermanos 
todo le vendieron: casa, 
huerto, colmenar y campo.

     LOS ASESINOS 

            I

   Juan y Martín, los mayores 
de Alvargonzález, un día 
pesada marcha emprendieron 
con el alba, Duero arriba.

   La estrella de la mañana 
en el alto azul ardía. 
Se iba tiñendo de rosa 
la espesa y blanca neblina 
de los valles y barrancos, 
y algunas nubes plomizas 
a Urbión, donde el Duero nace, 
como un turbante ponían.

   Se acercaban a la fuente. 
El agua clara corría, 
sonando cual si contara 
una vieja historia, dicha 
mil veces, y que tuviera 
mil veces que repetirla.

   Agua que corre en el campo 
dice en su monotonía: 
"Yo sé el crimen. ¿No es un crimen, 
cerca del agua, la vida?"

  Al pasar los dos hermanos 
relataba el agua limpia:
"A la vera de la fuente 
Alvargonzález dormía".

            II

   —Anoche, cuando volvía 
a casa—  Juan a su hermano 
dijo—, a la luz de la luna 
era la huerta un milagro.

    Lejos, entre los rosales, 
divisé un hombre inclinado 
hacia la tierra; brillaba 
una hoz de plata en su mano.
   Después irguióse y, volviendo 
el rostro, dio algunos pasos 
por el huerto, sin mirarme, 
y a poco lo vi encorvado 
otra vez sobre la tierra.
Tenía el cabello blanco. 
La luz llena brillaba, 
y era la huerta un milagro.

            III

    Pasado habían el puerto 
de Santa Inés, ya mediada 
la tarde, una tarde triste 
de noviembre, fría y parda. 
Hacia la Laguna Negra 
silenciosos caminaban.

            IV

   Cuando la tarde caía, 
entre las vetustas hayas
y los pinos centenarios, 
un rojo sol se filtraba.

   Era un paraje de bosque 
y peñas aborrascadas; 
aquí bocas que bostezan 
o monstruos de tierras garras; 
allí una informe joroba, 
allá una grotesca panza, 
torvos hocicos de fieras 
y dentaduras melladas; 
rocas y rocas, y troncos 
y troncos, ramas y ramas. 
En el hondón del barranco 
la noche, el miedo y el agua.

            V

   Un lobo surgió, sus ojos 
lucían como dos ascuas. 
Era la noche, una noche 
húmeda, oscura y cerrada.

   Los dos hermanos quisieron 
volver. La selva ululaba. 
Cien ojos fieros ardían 
en la selva, a sus espaldas.

            VI


   Llegaron los asesinos 
hasta la Laguna Negra;
agua transparente y muda,
La Laguna Negra, en los montes de Urbión,  Soria
que enorme muro de piedra, 
donde los buitres anidan 
y el eco duerme, rodea; 
agua clara donde beben 
las águilas de la sierra, 
donde el jabalí del monte 
y el ciervo y el corzo abrevan; 
agua pura y silenciosa 
que copia cosas eternas; 
agua impasible que guarda 
en su seno las estrellas.

¡Padre!, gritaron; al fondo 
de la laguna serena 
cayeron, y el eco, ¡Padre! 
repitió de peña en peña.


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Arturo Ruiz Castillo dirigió en 1952 la película "La laguna negra" basada en este "cuento-leyenda" de Antonio Machado. Siendo sus principales protagonistas: Maruchi Fresno, Tomás Blanco, José María Lado, María Jesús Valdés, Irene Caba Alba, Félix Fernández, Luis Pérez de León, José Bódalo, Julia Caba Alba, Antonio Riquelme, Fernando Rey (como Miguel) entre otros.






En su octava edición (1952), el Círculo de Escritores Cinematográficos concedió a María Jesús Valdés la Medalla a la mejor actriz principal y a Jesús García Leoz la que premiaba la mejor música. Además, Félix Fernández recibió ese mismo año la Medalla al mejor actor secundario por toda su obra.


Tomás Blanco como Juan, José María Lado como Martín
y Maruchi Fresno como Candela