Ilusiones


"No existe ningún problema que no te aporte simultáneamente un don.
Busca los problemas porque necesitas sus dones."

"Justifica tus limitaciones y ciertamente las tendras"

Richard Bach - Ilusiones

miércoles, 9 de diciembre de 2015

EL AMOR JUNTO AL TRIGO - Fragmentos

PABLO NERUDA


LLEGUÉ AL CAMPAMENTO de los Hernández antes del mediodía, fresco y alegre. Mi cabalgata solitaria por los caminos desiertos, el descanso del sueño, todo eso refulgía en mi taciturna juventud.


La trilla del trigo, de la avena, de la cebada, se hacía aún a yegua. No hay nada más alegre en el mundo que ver girar las yeguas, trotando alrededor de la parva del grano, bajo el grito acucioso de los jinetes. Había un sol espléndido, y el aire era un diamante silvestre que hacía brillar las montañas. La trilla es una fiesta de oro. La paja amarilla se acumula en montañas doradas; todo es actividad y bullicio; sacos que corren y se llenan; mujeres que cocinan; caballos que se desbocan; perros que ladran; niños que a cada instante hay que librar, como si fueran frutos de la paja, de las patas de los caballos.


Los Hernández eran una tribu singular. Los hombres despeinados y sin afeitarse, en mangas de camisa y con revólver al cinto, estaban casi siempre pringados de aceite, de polvo cereal, de barro, o mojados hasta los huesos por la lluvia. Padres, hijos, sobrinos, primos eran todos de la misma catadura. Permanecían horas enteras ocupados debajo de un motor, encima de un techo, trepados a una máquina trilladora. Nunca conversaban. De todo hablaban en broma, salvo cuando se peleaban. Para pelear eran unas trombas marinas; arrasaban con lo que se les ponía por delante. Eran también los primeros en los asados de res a pleno campo, en el vino tinto y en las guitarras plañideras. Eran hombres de la frontera, la gente que a mí me gustaba. Yo, estudiantil y pálido, me sentía disminuido junto a aquellos bárbaros activos; y ellos, no sé por qué, me trataban con cierta delicadeza que en general no tenían para nadie.


Después del asado, de las guitarras, del cansancio cegador del sol y del trigo, había que arreglárselas para pasar la noche. Los matrimonios y las mujeres solas se acomodaban en el suelo, dentro del campamento levantado con tablas recién cortadas. En cuanto a los muchachos, fuimos destinados a dormir en la era. La era elevaba su montaña de paja y podía incrustarse un pueblo entero en su blandura amarilla.


Para mí todo aquello era una inusitada incomodidad. No sabía cómo desenvolverme. Puse cuidadosamente mis zapatos bajo una capa de paja de trigo, la cual debía servirme como almohada. Me quité la ropa, me envolví en mi poncho y me hundí en la montaña de paja. Quedé lejos de todos los otros que, de inmediato y en forma unánime, se consagraron a roncar.


Yo me quedé mucho tiempo tendido de espaldas, con los ojos abiertos, la cara y los brazos cubiertos por la paja. La noche era clara, fría y penetrante. No había luna pero las estrellas parecían recién mojadas por la lluvia y, sobre el sueño ciego de todos los demás, solamente para mí titilaban en el regazo del cielo. Luego me quedé dormido. Desperté de pronto porque algo se aproximaba a mí, un cuerpo desconocido se movía debajo de la paja y se acercaba al mío. Tuve miedo. Ese algo se arrimaba lentamente. Sentía quebrarse las briznas de paja, aplastadas por la forma desconocida que avanzaba. Todo mi cuerpo estaba alerta, esperando. Tal vez debía levantarme o gritar. Me quedé inmóvil. Oía una respiración muy cercana a mi cabeza.


De pronto avanzó una mano sobre mí, una mano grande, trabajadora, pero una mano de mujer. Me recorrió la frente, los ojos, todo el rostro con dulzura. Luego una boca ávida se pegó a la mía y sentí, a lo largo de todo mi cuerpo, hasta mis pies, un cuerpo de mujer que se apretaba conmigo.


Poco a poco mi temor se cambió en placer intenso. Mi mano recorrió una cabellera con trenzas, una frente lisa, unos ojos de párpados cerrados, suaves como amapolas. Mi mano siguió buscando y toqué dos senos grandes y firmes, unas anchas y redondas nalgas, unas piernas que me entrelazaban, y hundí los dedos en un pubis como musgo de las montañas. Ni una palabra salía ni salió de aquella boca anónima.


Cuan difícil es hacer el amor sin causar ruido en una montaña de paja, perforada por siete u ocho hombres más, hombres dormidos que por nada del mundo deben ser despertados. Mas lo cierto es que todo puede hacerse, aunque cueste infinito cuidado. Algo más tarde, también la desconocida se quedó bruscamente dormida junto a mí y yo, afiebrado por aquella situación, comencé a aterrorizarme. Pronto amanecería, pensaba, y los primeros trabajadores encontrarían a la mujer desnuda en la era, tendida junto a mí. Pero también yo me quedé dormido. Al despertar extendí la mano sobresaltado y sólo encontré un hueco tibio, su tibia ausencia. Pronto un pájaro empezó a cantar y luego la selva entera se llenó de gorjeos. Sonó un pitazo de motor, y hombres y mujeres comenzaron a transitar y afanarse junto a la era y sus trabajos. El nuevo día de la trilla se iniciaba.


Al mediodía almorzábamos reunidos alrededor de unas largas tablas. Yo miraba de soslayo mientras comía, buscando entre las mujeres la que pudiera haber sido la visitante nocturna. Pero unas eran demasiado viejas, otras demasiado flacas, muchas eran jovencitas delgadas como sardinas. Y yo buscaba una mujer compacta, de buenos pechos y trenzas largas.

Amor rural - Jules Bastien Lepage


De repente entró una señora que traía un trozo de asado para su marido, uno de los Hernández. Esta sí que podía ser. Al contemplarla yo desde el otro extremo de la mesa creí notar que aquella hermosa mujer de grandes trenzas me miraba con una mirada rápida y me sonreía con una pequeñísima sonrisa. Y me pareció que esa sonrisa se hacía más grande y más profunda, se abría dentro de mi cuerpo.

 Confieso que he vivido (Memorias)





EL BOSQUE CHILENO - Fragmentos


PABLO NERUDA


... Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno... Se hunden los pies en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza, los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena como un oboe... Me entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo...


El ciprés de las Guaitecas intercepta mi paso... Es un mundo vertical: una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas... Tropiezo en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóvil, grande como un cangrejo... Un cárabo dorado me lanza su emanación mefítica, mientras desaparece como un relámpago su radiante arco iris... Al pasar cruzo un bosque de helechos mucho más alto que mi persona: se me dejan caer en la cara sesenta lágrimas desde sus verdes ojos fríos, y detrás de mí quedan por mucho tiempo temblando sus abanicos...




Un tronco podrido: qué tesoro!... Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma... Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes... Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos...


Una barranca: abajo el agua transparente se desliza sobre el granito y el jaspe... Vuela una mariposa pura como un limón, danzando entre el agua y la luz... A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias... En la altura, como gotas arteriales de la selva mágica se cimbran los copihues rojos (Lapageria rosea)... El copihue rojo es la flor de la sangre, el copihue blanco es la flor de la nieve...


En un temblor de hojas atravesó el silencio la velocidad de un zorro, pero el silencio es la ley de estos follajes... Apenas el grito lejano de un animal confuso... La intersección penetrante de un pájaro escondido... El universo vegetal susurra apenas hasta que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre.


Quién no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta. De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo.


Confieso que he vivido (Memorias)








VICENTE ALEIXANDRE - POEMAS


(Sevilla, 26 de abril de 1898 – Madrid, 13 de diciembre de 1984)
Premio Nobel de Literatura en 1977.






N O M B R E
    
Mía eres - Pero otro
es aparentemente tu dueño, Por eso,
cuando digo tu nombre,
algo oculto se agita en mi alma.
Tu nombre suave, apenas pasado delicadamente por mi labio.
Pasa, se detiene en el borde, un instante se queda
y luego vuela, ligero ¿quién lo creyera? hecho puro sonido.

Me duele tu nombre como tú misma dolorosa carne en mis labios.
No sé si él emerge de mi pecho. Allí estaba
dormido, celeste, acaso luminoso. Recorría mi sangre
su sabido dominio, pero llegaba un instante
en que pasaba por la secreta yema donde tú residías,
 secreto nombre, nunca sabido, por nadie aprendido,
doradamente quieto, cubierto sólo, sin ruido, por mí leve sangre.

Ella luego te traía a mis labios. Mi sangre pasaba
con su luz todavía por mi boca. Y yo entonces estaba
hablando con alguien.
Y arribaba el momento en que tú nombre con mi sangre
pasaba por mi labio.
Un instante mi labio por virtud de su sangre sabía
a ti, y se ponía dorado, luminoso, brillaba de tu sabor
sin que nadie lo viera.

¡Oh, cuán dulce era callar entonces, un momento¡
Tu nombre.
¿Decirlo?
¿Dejarlo que brillara, secreto, revelado a los otros?
 ¡Oh, callarlo, más secretamente que nunca, tenerlo
en la boca, sentirlo
continuo, dulce, lento, sensible sobre la lengua y luego,
cerrando los ojos, dejarlo pasar al pecho
de nuevo, en su paz querida, en la visita callada
que se alberga, se aposenta y delicadamente se funde¡

Hoy tu nombre, está aquí. No decirlo, no decirlo jamás
como un beso
que nadie daría, como nadie daría los labios a otro amor
sino al suyo.  



EL ÚLTIMO AMOR

                         I
Amor mío, amor mío,
Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.
Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de
salir. Acabamos de oír cerrarse la puerta.
Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz
se queja en la garganta.
Amor mío...
Cállate. Vuelve sobre tus pasos. Cierra despacio
la puerta, si es que no quedó bien cerrada.
Regrésate.
Siéntate ahí, y descansa.
No, no oigas el ruido de la calle. No vuelve. No
puede volver.
Se ha marchado, y estás solo.
No levantes los ojos para mirarlo todo, como si en
todo aún estuviera.
Se está haciendo de noche.
Ponte así: tu rostro en tu mano.
Apóyate. Descansa.
Te envuelve dulcemente la oscuridad, y
lentamente te borra.
Todavía respiras. Duerme.
Duerme si puedes. Duermes poquito a poco, deshaciéndote,
desliéndote en la noche que poco a poco te anega.

¿No oyes? No, ya no oyes. El puro
silencio eres tú, oh dormido, oh abandonado,
oh! solitario.
¡Oh, si yo pudiera hacer
que nunca más despertases!


                         II
Las palabras del abandono. Las de la amargura.
Yo mismo, sí, yo y no otro.
Yo las oí. Sonaban como las demás. Daban el mismo sonido.
Las decían los mismos labios, que hacían el mismo movimiento.
Pero no se las podía oír igual. Porque significan: las palabras
significan. Ay, si las palabras fuesen sólo un suave sonido,
y cerrando los ojos se pudiese escuchar en el sueño...
yo las oí. Y su sonido final fue como el de una llave que se cierra.
Como un portazo.
Las oí, y quedé mudo.
Y oí los pasos que se alejaron.
Volví, y me senté. Silenciosamente
cerré la puerta yo mismo, sin ruido.
Y me senté. Sin sollozo.
Sereno, mientras la noche empezaba.
La noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.
Y dije...

Pero no dije nada. Moví mis labios. Suavemente,
Suavísimamente.
Y dibujé todavía
el último gesto, ese
que yo ya nunca repetiría.

                   III
Porque era el último amor. ¿No lo sabes?
Era el último. Duérmete. Calla.
Era el último amor...
Y  es de noche.

TRIUNFO DEL AMOR



Brilla la luna entre el viento de otoño, 
en el cielo luciendo como un dolor largamente sufrido. 
Pero no será, no, el poeta quien diga 
los móviles ocultos, indescifrable signo 
de un cielo líquido de ardiente fuego que anegara las  almas, 
si las almas supieran su destino en la tierra. 

La luna como una mano, 
reparte con la injusticia que la belleza usa, 
sus dones sobre el mundo. 
Miro unos rostros pálidos. 
Miro rostros amados. 
No seré yo quien bese ese dolor que en cada rostro asoma. 
Sólo la luna puede cerrar, besando, 
unos párpados dulces fatigados de vida. 
Unos labios lucientes, labios de luna pálida, 
labios hermanos para los tristes hombres, 
son un signo de amor en la vida vacía, 
son el cóncavo espacio donde el hombre respira 
mientras vuela en la tierra ciegamente girando. 

El signo del amor, a veces en los rostros queridos 
es sólo la blancura brillante, 
la rasgada blancura de unos dientes riendo.

Entonces sí que arriba palidece la luna, 
los luceros se extinguen 
y hay un eco lejano, resplandor en oriente, 
vago clamor de soles por irrumpir pugnando. 
¡Qué dicha alegre entonces cuando la risa fulge! 
Cuando un cuerpo adorado; 
erguido en su desnudo, brilla como la piedra, 
como la dura piedra que los besos encienden. 
Mirad la boca. Arriba relámpagos diurnos 
cruzan un rostro bello, un cielo en que los ojos 
no son sombra, pestañas, rumorosos engaños, 
sino brisa de un aire que recorre mi cuerpo 
como un eco de juncos espigados cantando 
contra las aguas vivas, azuladas de besos. 

El puro corazón adorado, la verdad de la vida, 
la certeza presente de un amor irradiante, 
su luz sobre los ríos, su desnudo mojado, 
todo vive, pervive, sobrevive y asciende 
como un ascua luciente de deseo en los cielos. 

Es sólo ya el desnudo. Es la risa en los dientes. 
Es la luz o su gema fulgurante: los labios. 
Es el agua que besa unos pies adorados, 
como un misterio oculto a la noche vencida. 

¡Ah maravilla lúcida de estrechar en los brazos 
un desnudo fragante, ceñido de los bosques! 
¡Ah soledad del mundo bajo los pies girando, 
ciegamente buscando su destino de besos! 
Yo sé quien ama y vive, quien muere y gira y vuela. 
Sé que lunas se extinguen, renacen, viven, lloran. 
Sé que dos cuerpos aman, dos almas se confunden.
                     



EL AMOR NO ES RELIEVE

Hoy te quiero declarar mi amor.

Un río de sangre, un mar de sangre es este beso estrellado sobre tus labios. Tus dos pechos son muy pequeños para resumir una historia. Encántame. Cuéntame el relato de ese lunar sin paisaje. Talado por el bosque por el que yo me padecería, llanura clara.

Tu compañía es un abecedario. Me acabaré sin oírte. Las nubes no salen de tu cabeza, pero hay peces que no respiran. No lloran tus pelos caídos porque yo los recojo sobre tu nuca. Te estremeces de tristeza porque las alegrías van en volandas. Un niño sobre mi brazo cabalga secretamente. En tu cintura no hay nada más que mi tacto quieto. Se te saldrá el corazón por la boca mientras la tormenta se hace morada. Este paisaje está muerto. Una piedra caída indica que la desnudez se va haciendo. Reclínate clandestinamente. En tu frente hay dibujos ya muy gastados. Las pulseras de oro ciñen el agua y tus brazos son limpios, limpios de referencia. No me ciñas el cuello, que creeré que se va a hacer de noche. Los truenos están bajo tierra. El plomo no puede verse. Hay una asfixia que me sale de la boca. Tus dientes blancos están en el centro de la tierra. Pájaros amarillos bordean tus pestañas. No llores. Si yo te amo. Tu pecho no es de albahaca; pero esa flor, caliente. Me ahogo. El mundo se está derrumbando cuesta abajo. Cuando yo me muera.

Crecerán los magnolios. Mujer, tus axilas son frías. Las rosas serán tan grandes que ahogarán todos los ruidos. Bajo los brazos se puede escuchar el latido del corazón de gamuza. ¡Qué beso! Sobre la espalda una catarata de agua helada te recordará tu destino. Hijo mío. - La voz casi muda. - Pero tu voz muy suave, pero la tos muy ronca escupirá las flores oscuras. Las luces se hincarán en tierra, arraigándose a mediodía. Te amo, te amo, no te amo. Tierra y fuego en tus labios saben a muerte perdida. Una lluvia de pétalos me aplasta la columna vertebral. Me arrastraré como una serpiente. Un pozo de lengua seca cavado en el vacío alza su furia y golpea mi frente. Me descrismo y derribo, abro los ojos contra el cielo mojado. El mundo llueve sus cañas huecas. Yo te he amado, yo. ¿Dónde estás, que mi soledad no es morada? Seccióname con perfección y mis mitades vivíparas se arrastrarán por la tierra cárdena.

Antología esencial, De pasión de la tierra



Del color de la nada 

Se han entrado ahora mismo una a una las luces del verano, sin que nadie sospeche el color de sus manos.


Cuando las almas quietas olvidaban la música callada, cuando la severidad de las cosas consistía en un frío color de otro día. No se reconocían los ojos equidistantes, ni los pechos se henchían con ansia de saberlo. Todo estaba en el fondo del aire con la misma serenidad con que las muchachas vestidas andan tendidas por el suelo imitando graciosamente al arroyo. Pero nadie moja su piel, porque todos saben que el sol da notas altas, tan altas que los corazones se hacen cárdenos y los labios e otro, y los bores de los vestidos floren todos de florecillas moradas. En la coyunturas de los brazos duelen unos niños pequeños como yemas. Y hay quien llora lágrimas del color de la ira. Pero solo por equivocación, porque lo que hay que llorar son todas esas soñolientas caricias que al borde de los lagrimales esperan solo que la tarde caiga para rodar al estanque, al cielo de otro plomo que no nota las puntas de las manos por fina que la piel se haga al tacto, al amor que está invadiendo con la noche.


Pero todos callaban. Sentados como siempre al límite de las sillas, húmedas las paredes y prontas a secarse tan pronto como sonase la voz del zapato más antiguo, las cabezas todas vacilaban entre las ondas de azúcar, de viento, de pájaros invisibles que estaban saliendo de los oídos virginales. De todos aquellos seres de palo. Quería existir un denso crecimiento de nadas palpitantes y el ritmo de la sangre golpeaba sobre la ventana pidiendo al azul del cielo un rompimiento de esperanza. Las mujeres de encaje yacían en sus asientos, despedidas de su forma primera. Y se ignoraba todo, hasta el número de los senos ausentes. Pero los hombres cantaban. Inútil que cabezas de níquel brillasen a cuatro metros sobre el suelo, sin alas, animando con sus miradas de ácidos el muerto calor de la lenguas insensibles. Inútil que los maniquíes derramados ofreciesen, ellos, su desnudez al aire circundante, ávido de sus respuestas. Los hombres no sabían cuándo acabaría el mundo. Ni siquiera conocían el área de su cuarto, ni tan siquiera si sus dedos servirían para hacer el signo de la cruz. Se iban ahogando las paredes. Se veía venir el minuto en que los ojos, salidos de su esfera, acabarían brillando como puntos de dolor, con peligro de atravesarse en las gargantas. Se adivinaba la certidumbre de que las montañas acabarían reuniéndose fatalmente, sin que  pudieran impedirlo las manos de todos los niños de la tierra. El día en que se aplastaría la existencia como un huevo vacío que acabamos de sacarnos de la boca, ante el estupor de las aves pasajeras.

Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío. La nada es un cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro. Cuando ha llegado el instante de comprender que la sangre no existe. Que si me abro una vena, puedo escribir con su tiza parada:"En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio".



Ascensión del vivir


Aquí tú, aquí yo: aquí nosotros. Hemos subido despacio esa montaña.
¿Cansada estás, fatigada estás? "¡Oh, no!", y me sonríes.

Y casi con dulzura.

Estoy oyendo tu agitada respiración y miro tus ojos.
Tú estás mirando el larguísimo paisaje profundo allá al fondo.
Todo él lo hemos recorrido. Oh, sí, no te asombres.

Era por la mañana cuando salimos. No nos despedía nadie. Salíamos furtivamente,
y hacía un hermoso sol allí por el valle.

El mediodía soleado, la fuente, la vasta llanura, los alcores, los médanos;
aquel barranco, como aquella espesura: las alambradas, los espinos,
las altas águilas vigorosas.

Y luego aquel puerto, la cañada suavísima, la siesta en el frescor sedeño.
¿Te acuerdas? Un día largo, larguísimo: a instantes dulces; a fatigosos pasos; con pie muy herido:
casi con alas.


Y ahora de pronto, estamos. ¿Dónde? En lo alto de una montaña.


Todo ha sido ascender, hasta las quebradas, hasta los descensos,
hasta aquel instante que yo dudé y rodé y quedé
con mis ojos abiertos, cara a un cielo que mis pupilas
de vidrio no reflejaban.


Y todo ha sido subir, lentamente ascender,
lentísimamente alcanzar,
casi sin darnos cuenta.


Y aquí estamos en lo alto de la montaña, con cabellos blancos y puros como la nieve.
Todo es serenidad en la cumbre. Sopla un viento sensible,
desnudo de olor, transparente.

Y la silenciosa nieve que nos rodea
augustamente nos sostiene, mientras estrechamente abrazados
miramos al vasto paisaje desplegado,
todo él ante nuestra vista.

Todo él iluminado por el permanente sol
que aún alumbra nuestras cabezas.
 Historia del corazón










sábado, 5 de diciembre de 2015

EL EXÓTICO HOTEL MARIGOLD


El exótico Hotel Marigold (The Best Exotic Marigold Hotel) es una película británica de 2012 de género comedia dramática. El guión, está basado en la novela These Foolish Things de Deborah Moggach.


Director: John Madden 
Guión: Ol Parker 
Música: Thomas Newman 
Fotografía: Ben Smithard

Reparto: 

Judi Dench como Evelyn Greenslade
Maggie Smith como Muriel Donnelly
Tom Wilkinson como Graham Dashwood
Bill Nighy como Douglas Ainslie
Penelope Wilton como Jean Ainslie
Ronald Pickup como Norman Cousins
Celia Imrie como Madge Hardcastle
Dev Patel como Sonny Kapur
Diana Hardcastle como Carol
Lillete Dubey como Sra. Kapur
Tena Desae como Sunaina
entre otros ...



Un grupo de británicos de la tercera edad viaja a la India, atraídos por la publicidad del renovado hotel Marigold, buscando pasar el tiempo que les queda lo mejor posible, excepto Muriel Donnelly (Maggie Smith) que no tiene otro remedio, ya que allí es el único lugar donde pueden operarla de su cadera sin tener que esperar seis meses como en Inglaterra. Sin embargo, lo que encuentran a su llegada no es ni la sombra de lo que este hotel fue en sus mejores días.


En un principio todos se muestran inseguros pues no saben  lo que el futuro puede depararles, pero a medida que empiezan a establecer nuevas amistades y a realizar inesperados descubrimientos, se dan cuenta de que la vida y el amor pueden volver a surgir de nuevo, el secreto está en adaptarse y redescubrirse con esperanzas renovadas.



Muriel Donnelly (Maggie Smith) 

Frases de la película que me han gustado :

- Si no sé pronunciarlo no quiero comerlo.
      Muriel Donnelly

- Jamás había hecho nada parecido en toda mi vida, dame tiempo.

Este mundo es nuevo y distinto, el reto es adaptarse a él
      Evelyn Greenslade


- El único fracaso de verdad es no llegar a intentarlo. Y el éxito se mide por como afrontamos la decepción, ya que siempre llega.
        Evelyn Greenslade

 - No estoy segura de lo que haré, aquí nada ha salido como yo esperaba...
        Evelyn 
 - Ocurre a menudo pero a veces lo que acaba pasando es mejor de lo esperado.
      Muriel



Evelyn y Sonny (Judi Dench y Dev Patel)

- Tú puedes tener lo que quieras, deja ya de esperar a que alguien venga a decirte que te lo mereces.
             Evelyn a Sonny


- “La vida es como una ola. Si te resistes, te derriba; si te zambulles, te lleva al otro lado”.


- Por la mañana nos levantamos y hacemos cuanto podemos, todo lo demás no importa.

- No hay ningún pasado que podamos recobrar simplemente anhelando, solo un presente que se va formando y avanza a medida que el pasado retrocede…

- Es cierto que la persona que no arriesga nada no consigue nada, no tiene nada, lo único que sabes del futuro es que será distinto, pero quizá nuestro temor es que todo siga siendo igual, por eso debemos celebrar los cambios, porque como dijo alguien una vez, al final, todo saldrá bien y si no sale bien, hacedme caso, es que aún no es el final.

             Evelyn

Diana Hardcastle  y Ronald Pickup como Carol y Norman


Personalmente me ha gustado, creo que es una buena película, sin pretensiones pero llena de vitalidad, optimismo y de esperanza en el futuro aunque no sepamos cuanto tiempo tenemos, nos invita a disfrutar cada momento y a lanzarnos de lleno a la vida.





Os dejo el enlace por si a alguien le apetece verla, se pasa muy buen rato"

https://m.ok.ru/video/7743053105711

Os dejo el trailer y enlaces de la Segunda parte El nuevo y exótico Hotel Marigold


https://ok.ru/video/10219971414588

https://m.ok.ru/video/7130413337249
poner subtitulos español
             
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