Ilusiones


"No existe ningún problema que no te aporte simultáneamente un don.
Busca los problemas porque necesitas sus dones."

"Justifica tus limitaciones y ciertamente las tendras"

Richard Bach - Ilusiones

martes, 17 de noviembre de 2015

CAPRICHOS Y SOBRESALTOS DE MADRID.


Los que hemos nacido en los albores del siglo XX formamos una generación demoledora de tópicos y desdeñadora de méritos pretéritos. Y, sin embargo, ninguna otra generación ha saltado a la acción y al berreo de la vida en momento tan saturado de aquellas toxinas míticas y topiqueras. España acababa de perder su rango internacional. España, como una gran dama "tronada", que vende su galería de pinturas y sus escriños de joyas para seguir malviviendo, se encerraba en su gran salón de antepasados -Madrid-, de frente al hogar, dentro de la fatalidad de semihundirse en las sombras y semiquedar en el contraluz, a soñar nada más que con el pasado, a repasar los detalles como las cuentas de cerezo del rosario de siempre. Madrid..., Madrid, humillado por la adversidad, sopapeado por el implacable realismo, arrebatado a las efimeras soberbias, posos de varios siglos opulentos, por la risa rebeliana del Tío Sam -judío, banquero y cómitre de América-, se replegó a sus horizontes familiares: el verde respingo corcino de El Pardo, el entrecejo azulenco del Guadarrama -melancolía la mejor destilada del alambique multisecular de Castilla-, el bosquecillo de la Casa de Campo, ya sin osos empinados a los rubíes pendientes de los madroñales, pero sí con idéntico y cotidiano afán de crepúsculos, maravillosos estrambotes de sonetos gongorinos: los repechos aledaños a las puentes segoviana y toledana, en lo que es fácil aún imaginarse el binado bárbaro de los bueyes de Isidro y la sencillez suburbiana y machorra de María de la Cabeza.



Representación de
San Isidro y Santa María de la Cabeza


Nada que no estuviera en él valía la pena. Ya que se había perdido toda la soberanía del rumbo exterior, debían de conservarse tal que reliquias, tal que las mismísimas cenizas de los dioses lares, ante las cuales la lámpara votiva es la confesión de impersonalidad, cuantos detalles recordaba por doquier los pasados tiempos de intensidad filipina o de confusión borbónica. Por aquellos años nació el viciado concepto de madrileñismo. ¡Recordar!... ¡Consevar!.


Pero ¿no eran admisibles otros verbos de acción menos triste y más preñados de esperanza?

Los nacidos en los albores del siglo XX nos hemos criado en pañales de tópicos y hemos chupado de los pechos de la tradición, rutina y mojigatería, y recibido las somantas de un romanticiso que se trasladaba en tranvías de mulas y se sacaba de los faldellines del los chaqués "a lo Ramón Cilia", los tomitos de poesias lírico-filosófico-docentes de Campoamor y Camposorio.


Nuestra infancia madrileña tuvo arrullos y arrumacos de exaltado amor local. a veces dicharachos elevados a categoría de sentencias folklóricas, como aquellos de "La villa, cara y gracias de Dios...", "Madrid, castillo famoso...". A veces, ponderaciones de casos y sucesos y sucedidos: "la parada" de las once ante el Palacio de Oriente, bajo un cielo tela y color de biombo con sedería de palomas voladas; el chocolate de doña Mariquita, las tertulias literarias en la librería de Fe, las sobrecenas "del Levante", las noches de turno para en el Real, complicadas con Verdi, Donizetti o Puccini; el estruendo de los universitarios, remozados todos los cursos en las aulas de "San Carlos" o de "San Bernardo", en las pensiones docerrealeras y en el contoneo inacabable de los merenderos aledaños al río.





Madrid creó, para destetarnos en letras, una literatura recocentrada en el más ortodoxo madrileñismo. Los números insobornables de Trigo, Répide, Francés, Gonzalez-Blanco, Mora, Zamacois y trantos otros exprimieron sus jugos más selectos sobre el encanto de la Villa del oso y del madroño.


Misteriosos índices nos imponían silencio tan pronto como iniciábamos una protesta para el dogma del catecismo. Lorancio guardaba sus anatemas para nuestras rebeldías, aun inconcretas. "¿Qué pretendíamos?", parecía ser la muda y asombrada y asombrosa pregunta de Madrid. ¿No nos bastaba tener el mejor museo, el agua mejor y la mejor chulería del mundo? ¿No delirábamos, paseando bajo la luna, por rincones maravillos como la plaza de la Paja, la calle del Conde o el pretil de los Consejos? ¿No comprendíamos que únicamente bajo el mantón "alfombrao" y la capa de vueltas de felpa se puede sentir al corazón en jubileo de amor por la patría chica? Ninguna infancia como la de los nacidos en los albores del siglo XX ha sido tan asendereada por el codazo y el tufillo del localismo. Y, sin embargo entre nosotros, los que vivimos la centuria, están quienes buscan sin desmayo un nuevo concepto de Madrid, rescatado al tópico, ajeno a la falsilla tradicional, destrabado de los verbos conservadores y recordatorios. Entre nosotros están quienes se alegran de que las reformas actuales hagan desaparcer barrios viejos y rincones de sobresalto, de que el huracán de los intereses materiales convierta teatros absurdos en Bancos y templos de obscura tramoya dieciochesca en cinematógrafos. Entre nosotros están los enemigos del pasodoble, de la expresión gora con ribetes, de la evocación -radiada o escrita- de tiempos románticos, en que juegan papales maestros el pistolón de Larra, la pluma de Mesonero, las corcheas de Bretón y los ripios de López Silva. Entre nosostros puede sorprenderse la fobia por lo tradicional y el desdén por el sainete.





Y, sin embargo, ¡qué puro y desinteresado madrileñismo el nuestro! ¿Hay nada tan hermoso en el amor como ignorar su porqué? Se sabe que, desde luego no es por ningún detalle como cualquiera de aquellos ensalzados por los medrileñistas de oficio -y hasta oficiales-, quienes creen ver disminuidos sus entuasiasmos si el detalle mengua, se transforma o desaparece.


Pensamos los nacidos con el siglo que el espíritu, el ambiente, la sugestión y el rango de una ciudad no pueden estar en una suma cuyos sumandos sean: un rincón callejero, una iglesia, una plazuela "cruzada", una afición y una historieta. El alma de Madrid es regusto, es acicate, es sensación de afinidad. El alma de Madrid, para nosotros, cambia su expresionismo -tan fácil en la vulgaridad- por un impresionismo puro y distinto de cada uno. A los buceadores de un nuevo concepto de Madrid, la Villa, como cualquier hermosa mujer, les parece siempre mejor con el último adorno que luzca; y lo que en ella pasó de moda no puede ser declarado tabú, sino que ha de ser arrumbado, menospreciado, olvidado... si es que la Historia no lo recoge en su seno enfriado de objetividad.



Plaza de Cibeles 1898

Creemos que el concepto de Madrid ha de ser deshumanizado. Para que cada uno manifieste su amor local, que no ha de acudir a raizarlo ni en una perspectiva ni en un recuerdo, sino en un "no sé cómo" y en un "no sé por qué", surgidos de una causa indeterminada, y apremiantes siempre y siempre violentos hacia el futuro, sin esas debilidades que representan las miradas retrospectivan y sin esas impotencias que suponen los únicos celos en lo ya parido y definido.


Madrid no puede representar sino un mito de más sutil perfección futura siempre, como todas y cada una de las religiones, en las que nada vale el pasado. Quien desee concretar su mejor concepto debe partir del principio de su más absoluta deshumanización. De Madrid no hay, para siempre, sino el cielo y la tierra -la peana y la corona-; su pretérito, estéril y mohoso se arrumba en el gran almacén de antigüedades del mundo, y su futuro está entero, agudo como una proa y palpitante como una llama, en la intención y en el deseo de cuantos madrileños hemos nacido en los albores de este siglo, cuyo fastigio es el de la rebeldía o el de la inconformidad.






Texto de Federico Carlos Sainz de Robles.
Madrid, 3 de septiembre de 1898, 
Madrid, 27 de noviembre de 1982.
Escritor, dramaturgo, historiador, lexicógrafo, crítico literario, folklorista, bibliógrafo y ensayista español.
Libro de Madrid.









Algunos lugares de Madrid:





Puente Toledo



 Edificio del Palacio de la Prensa y Plaza de Callao 1927







Fachada del Teatro Apolo 


Calle Fernando VI - 1930




Casa de Campo - Madrid en la actualidad





"Luciendo Capa"
Mi abuela por parte de padre,
ataviada con su mantón de Manila



























Merendero en la Dehesa de la Villa





Kiosko La Paloma - Dehesa de la Villa - Actualmente




El Café Gijón célebre por sus reuniones de artistas y tertulias











Escriño: Cofre pequeño o caja para guardar joyas, papeles o algún otro objeto precioso.

Cómitre: nombre masculino
1. Persona que en las galeras dirigía la boga o grupo de remeros y a cuyo             cargo estaba el castigo de los condenados a la pena de galeras.
2. Persona que ejerce su autoridad con excesivo rigor o dureza.

Corcino: Corzo pequeño.

FastigioParte más alta de algo que remata en punta, como una pirámide.
              cumbre (mayor elevación de algo).