Ilusiones


"No existe ningún problema que no te aporte simultáneamente un don.
Busca los problemas porque necesitas sus dones."

"Justifica tus limitaciones y ciertamente las tendras"

Richard Bach - Ilusiones

lunes, 3 de octubre de 2016

LA BORRA DEL CAFÉ - Fragmentos


LAS MUDANZAS

Mi familia siempre se estaba mudando. Al menos, desde que tengo memoria. No obstante, quiero aclarar que las mudanzas no se debían a desalojos por falta de pago, sino a otros motivos, quizá más absurdos pero menos vergonzantes. Confieso que para mí ese renovado trajín de abrir y cerrar cajones, baúles, grandes cajas, maletas, significaba una diversión. Todo volvía a acomodarse en los armarios, en los estantes, en los placards*, en las gavetas*, aunque buena parte de las cosas (no siempre las mismas) permanecían en los cofres y baúles. La nueva casa (nunca éramos propietarios sino inquilinos) adquiría en pocos días el aspecto de morada casi definitiva, o por lo menos de albergue estable, y pienso que eso era lo que mis padres sinceramente creían, pero antes de que transcurriera un año mi madre y/o mi padre, nunca ambos a la vez, empezaban a sembrar comentarios (al comienzo sutiles, pero luego cada vez más explícitos) que en el fondo eran propuestas de un nuevo cambio. Por lo general, las razones invocadas por mi padre eran la falta de sol, la humedad de las paredes, los corredores muy angostos, el alboroto exterior, los vecinos que fisgoneaban, etcétera. Las aducidas por mi madre eran más variadas, pero normalmente figuraban en la nómina motivos como exceso de sol, sequedad en el ambiente, espacios interiores demasiado amplios, incomunicación con los vecinos, calles sin movimiento, etcétera. Por otra parte, a mi padre le gustaba la tranquilidad de los barrios periféricos, en tanto que mi madre prefería la agitación del Centro.


No teman. No les voy a contar toda la historia de mis casas, sino a partir de aquellas en que me pasaron cosas importantes (o, como dijo el poeta, en un arranque de genial cursilería, “cosas chicas para el mundo / pero grandes para mí”). Nací en una casa (planta alta) de Justicia y Nueva Palmira, en la cual, como excepción, vivimos tres años. Tengo pocos recuerdos, salvo que había una claraboya* particularmente ruidosa cuando se la abría o cerraba, algo que no acontecía con frecuencia ya que la manija*, situada en la pared del patio, era durísima y sólo podía funcionar mediante el esfuerzo mancomunado de dos personas suficientemente robustas. Además, los días de lluvia la dichosa manija propinaba unas terribles patadas de corriente eléctrica, de modo que aquella claraboya sólo podía abrirse o cerrarse en tiempo seco.


Luego, sin abandonar el barrio, nos trasladamos a Inca y Lima. Allí lo más recordable era el inodoro, pues cuando alguien tiraba de la cadena, el agua, en lugar de cumplir su función higiénica en el water, salía torrencialmente del remoto tanque empapando no sólo al infortunado usuario sino todo el piso de baldosas verdes. Después nos fuimos a Joaquín Requena y Miguelete, donde había más ruido callejero pero el inodoro funcionaba bien y no era imprescindible hacer las necesidades con impermeable y sombrero. De esa casa, bastante más modesta que las anteriores, sólo merece ser evocada una vitrola*, en la que mi madre, cuando mi padre estaba ausente, ponía un disco con clases de gimnasia que siempre arrancaba con una voz muy castiza: “¡Atención! 

¡Lisssssto! ¡Empeceeemos!”. Y mi madre, obediente, empezaba. Yo, que ya andaba por los cinco y medio, la admiraba mucho cuando se tendía en el suelo y levantaba las piernas o se ponía en cuclillas y estiraba los brazos, ocasiones en que solía desmoronarse hacia un costado, pero yo creía que eso también era ordenado por el gallego del disco. (Debo aclarar que sólo pude identificar el acento de aquel animador muchos años después, concretamente una tarde en que hallé aquella reliquia de 78 rpm en un baúl y la volví a escuchar en un tocadiscos.) De todas maneras, la aplaudía con ganas, y ella, cuando terminaba la lección oral, en reconocimiento a mi comprensión y estímulo, me alzaba en brazos y me daba un beso, más sonoro pero menos agradable que otros ósculos maternales, ya que, como era previsible después de tanta calistenia*, estaba espantosamente sudada.



La siguiente vivienda (más modesta aún) estaba en Hocquart y Juan Paullier. Quedaba a sólo cuatro cuadras de la anterior de modo que no fue fácil conseguir un camión que aceptara encargarse de una mudanza de tan corto recorrido, algo que a mi padre, con toda razón, le parecía absurdo, ya que las faenas de carga y descarga eran las mismas que si la distancia fuera de quince kilómetros. Por fin apareció un camionero que, gracias a una buena propina, se avino a un desplazamiento tan poco tradicional, pero su malhumor y el de sus dos colaboradores fue tan notorio, que a nadie le sorprendió que un ropero perdiera todas sus patas menos una, y un espejo se escindiera en dos lunas: una menguante y otra creciente. En el nuevo domicilio estábamos un poco apretados y casi siempre comíamos en la cocina. Lo mejor de la casa era la azotea, que virtualmente se comunicaba con la del vecino, y donde había un perro enorme, que a mí me parecía feroz y que se convirtió en mi primer enemigo. Para peor, las pocas veces que yo subía, el pobre animal gruñía casi por compromiso, pero no bien advertí que estaba sujeto con una cadena, yo también, en el primer signo de cobardía de que tengo memoria, decidí gruñirle, y aunque mi alarde resultaba apenas una caricatura, debo admitir que no contribuyó a que mejoraran nuestras ya deterioradas relaciones.


Hubo más casas en aquellos tiempos. Siempre por los mismos barrios: Nicaragua y Cufré, Constitución y Goes, Porongos y Pedernal. A esas alturas, los cambios de domicilio ya obedecían a una obsesión corporativa*. Las mudanzas habían pasado de la categoría de pesadilla a la de ensueño. Cada vez que una nueva vivienda aparecía en el horizonte, pasaba a ser, con sus luces y sus sombras, una utopía, y cuando por fin traspasábamos el nuevo umbral, aquello era como entrar en el Elíseo*. Por supuesto, la fase celestial caducaba muy pronto, verbigracia cuando un trozo del cielo raso caía sobre nuestros cappelleti alla carusso* o una disciplinada vanguardia de cucarachas invadía la cocina a paso redoblado en medio de los histéricos alaridos de mi madre. Sin embargo, el hecho de que un mito se desvaneciera en la niebla de nuestras frustraciones, no impedía que todos empezáramos a colaborar en un nuevo borrador de utopía.



AQUEL NAUFRAGIO

Fue precisamente en la casa de la calle Capurro que empecé a sentirme integrante de una familia mayor. Dos primos, que me llevaban un par de años, vinieron de Cerro Largo a radicarse en Montevideo, y al principio vivían con el abuelo Javier, padre de mi madre. Más tarde, los padres vinieron también a la Capital y se instalaron todos en Capurro, a cinco cuadras de casa. Mi prima Rosalba, que me llevaba tres años, vivía en Canelones, pero venía a menudo a visitarnos con su madre, la tía Joaquina, que por cierto no gozaba de las simpatías de mi padre. “No soporto a tu hermana”, le decía frecuentemente a mi madre. “Es bruta, brutísima, y además necia.” Ella sólo alegaba: “Pero es mi hermana”, e increíblemente este argumento era el único que derrotaba a mi viejo. Por otra parte, el abuelo Vincenzo, padre de mi padre, venía a menudo de Buenos Aires, donde tenía un almacén, y siempre paraba en casa. A las abuelas las veía menos. A la madre de mi madre, porque siempre estaba enferma, y en consecuencia nunca salía a la calle ni había que importunarla con visitas; y a la madre de mi padre, porque vivía en Buenos Aires y cuando el abuelo Vincenzo viajaba a Montevideo, ella se quedaba atendiendo el almacén de Caballito.



El abuelo Vincenzo era tan divertido como el abuelo Javier, pero en otro estilo. Una vez me contó cómo se había salvado de un naufragio famoso. Le pregunté si se había librado porque sabía nadar. “No, cómo se te ocurre. Siempre he tenido más afinidad con las aves que con los peces. Pero la verdad es que tampoco sé volar.” Su carcajada florentina resonaba en el patio como un carillón. “¿Y entonces cómo te salvaste?” “Muy sencillo: perdí el barco en Génova. Llegué al puerto media hora después de su partida asquerosamente puntual. Traté de conseguir una lancha que me llevara hasta el vapor (aún estaba a la vista). Para mi suerte fracasé en el intento. Cuando diez días después me enteré de que el buque se había hundido en pleno Atlántico, no se me ocurrió nada menos egoísta que celebrarlo con una damajuana de Chianti*. Ya sé que está mal, que debía haber pensado en los otros; hoy no lo habría hecho así, pero en aquella época era muy joven y aún no había aprendido a ser hipócrita.” Y aquí otra carcajada. Yo en cambio no me reía. Enseguida me di cuenta que el abuelo no había leído Corazón, el libro de Edmondo de Amicis* que era mi Biblia, ya que, de haberlo leído, no habría tenido una actitud tan mezquina, y si de todos modos hubiera decidido empinarse la damajuana de vino, lo habría hecho con tristeza y hasta llorando un poco por los que se ahogaron. Pero no, al abuelo todavía le duraba el regocijo de haber escapado a la muerte casi por milagro, aunque ni siquiera eso lo había reconciliado con el cura de su parroquia, pues toda su vida fue un ateo militante y arremetió contra Dios como si éste fuera un mero organizador de descarrilamientos y naufragios.



La borra del café es una novela de Mario Benedetti. Publicada en 1992, en Madrid, lugar donde Benedetti residía en esos momentos. La novela está ambientada en Montevideo, en diversos barrios de la ciudad, donde transcurre la vida de su protagonista, Claudio Alberto Dionisio Fermín Nepomuceno Umberto (sin hache)*, de su familia y amigos con sus recuerdos y vivencias.



Borra del café: La borra del café, es el residuo que deja el café en la taza y que es interpretada por una persona especializada en el tema. Este hábito es una tradición originaria del medio oriente y consiste en interpretar, partiendo de la borra del café de una persona, su pasado, presente y futuro.

Placard: galicismo del español de Uruguay, armario mueble.

Gaveta: italianismo. Cajón corredizo o mueble de cajones.

Manija: palanca pequeña para accionar el pestillo de puertas y ventanas, que sirve también de tirador.

Vitrola: gramófono, tocadiscos primitivo. La mención de este reproductor de sonidos y música nos sitúa en los años 20-30, cuando se popularizan en Uruguay.

Calistenia: anglicismo, conjunto de ejercicios que conducen al desarrollo de la agilidad y fuerza física.

...una obsesión corporativa: es una expresión metafórica para referirse a lo que explica inmediatamente después. La corporación la formarían los tres miembros de la familia, y la obsesión sería la mezcla de deseo e inquietud que ninguno de ellos podía apartar de la mente, es decir, la idea fija de que, habitando una casa, pronto se trasladarían a la siguiente.

Elíseo: también denominado, “campos elíseos”, lugar placentero de la mitología donde, según los gentiles, iban a parar las almas de los que merecían este premio.

Cappelleti alla carusso: plato de pasta rellena con una salsa, de origen italiano, muy comunes en la cocina uruguaya. La alusión a este plato hace pensar en la intensa inmigración italiana tanto en Argentina como en Uruguay.

Damajuana de Chianti: botella de vino de Chianti italiano.

Corazón: el libro de Edmondo de Amicis: Corazón es el relato (subtitulado “Diario de un niño”) más célebre de este autor italiano, una obra de culto entre la infancia de países como Argentina, Uruguay y Paraguay pues contiene la famosa historia de “Marco, de los Apeninos a los Andes”, una descarnada relación de las vicisitudes de los miserables emigrantes italianos a estos países.

Claudio Alberto Dionisio Fermín Nepomuceno Umberto (sin hache): Un nombre tan largo como el del propio Benedetti: Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia.





sábado, 24 de septiembre de 2016

INTRAMUROS (Esta noche estoy solo) - Fragmentos


      Esta noche estoy solo. Mi compañero (algún día sabrás el nombre) está en la enfermería. Es buena gente, pero de vez en cuando no viene mal estar solo. Puedo reflexionar mejor. No necesito armar un biombo para pensar en vos. dirás que cuatro años, cinco meses y catorce días son demasiado tiempo para reflexionar. Y es cierto. Pero no son demasiado tiempo para pensar en vos. Aprovecho para escribirte porque hay luna. Y la luna siempre me tranquiliza, es como un bálsamo.  Además ilumina, así sea precariamente, el papel, y esto tiene su importancia porque a esta hora no tenemos luz eléctrica. En los dos primeros años ni siquiera tenía luna, así que no me quejo. Siempre hay alguien que está peor, como concluía Esopo. Y hasta peorísimo, como concluyo yo.


      Es curioso. Cuando uno está afuera e imagina que, por una razón o por otra, puede pasar varios años entre cuatro paredes, piensa que no aguantaría, que eso sería sencillamente insoportable. No obstante, es soportable, ya se ve. Al menos yo lo he soportado. No niego haber pasado momentos de desesperación, además de aquellos en que la desesperación incluye sufrimiento físico. Pero ahora me refiero a la desesperación pura, cuando uno empieza a calcular, y el resultado es esta jornada de clausura, multiplicada por miles de días. No obstante, el cuerpo es más adaptable que el ánimo. El cuerpo es el primero que se acostumbra a los nuevos horarios, a sus nuevas posturas, al nuevo ritmo de sus necesidades, a sus nuevos cansancios, a sus nuevos descansos, a su nuevo hacer y a su nuevo no hacer. Si tenés un compañero, lo podés medir al principio como a un intruso. Pero de a poco se va convirtiendo en interlocutor. El de ahora es el octavo. Creo que con todos me he llevado bastante  bien. Lo bravo es cuando las desesperaciones no coinciden, y el otro te contagia la suya, o vos le contagiás la tuya. O también puede ocurrir que uno de los dos se oponga resueltamente al contagio y esa resistencia origine un choque verbal, un enfrentamiento, y en esos casos justamente la condición de clausura ayuda poco, más bien exacerba los ánimos, le hace a uno (y al otro) pronunciar agravios, y, algunas veces, hasta decir cosas irreparables que enseguida agudizan su significado por el mero hecho de que la presencia del otro es obligatoria y por tanto inevitable. Y si la situación se pone tan dura que los dos ocupantes del lugarcito no se dirigen la palabra, entonces tal compañía, embarazosa y tensa, lo deteriora a uno mucho más, y más rápidamente, que una soledad total. Por suerte, en este ya largo historial, tuve un solo capítulo de este estilo, y duró poco. Estábamos tan podridos de ese silencio a dos voces, que una tarde nos miramos y casi simultáneamente empezamos a hablar. Después fue fácil.


      Hace aproximadamente dos meses que no tengo noticias tuyas. No te pregunto qué pasa porque sé lo que pasa. Y lo que no. Dicen que dentro de una semana todo se regularizará otra vez. Ojalá. No sabés lo importante que es una carta para cualquiera de nosotros. Cuando hay recreo y salimos, de inmediato se sabe quiénes recibieron cartas y quiénes no. Hay una extraña iluminación en los rostros de los primeros, aunque muchas veces traten de ocultar su alegría para no entristecer más a los que no tuvieron esa suerte. en estás últimas semanas, por razones obvias, todos estábamos con caras largas, y eso tampoco es bueno. De modo que no tengo respuesta a ninguna pregunta tuya, sencillamente porque carezco de tus preguntas. Pero yo sí tengo preguntas. No las que vos ya sabés sin necesidad de que te las haga, y que, dicho sea de paso, no me gusta hacerte para no tentarte a que alguna vez (en broma, o lo que sería muchísimo más grave, en serio) me digas: "Ya no" Simplemente quería preguntarte por el Viejo. Hace mucho que no me escribe. Y en este caso tengo la impresión de que no hay otra causa para la no recepción de cartas. Sólo que hace mucho que no me escribe. Y no sé por qué. Repaso a veces (sólo mentalmente, claro) lo que recuerdo haberle escrito en algunos de mis breves mensajes, pero no creo que haya habido en ellos nada que lo hiriera. ¿Lo ves a menudo? Otra pregunta: ¿cómo le va a Beatriz en la escuela? En su última cartita me pareció notar cierta ambigüedad en sus datos. ¿Te das cuenta de que te extraño? Pese a mi capacidad de adaptación, que no es poca, ésta es una de las faltas a las que ni mi ánimo ni mi cuerpo se han acostumbrado. Al menos, hasta hoy. ¿Llegaré a habituarme? No lo creo. ¿Vos te habituaste?.







Así comienza la novela "Primavera con una esquina rota" de Mario Benedetti. Un testimonio "del Uruguay bajo la dictadura y el Uruguay del exilio". Una historia cercana y realista de lo que significó para él y para muchas familias uruguayas el tiempo de la dictadura.















ELISEO DIEGO - POEMAS

La Habana 1920 - México D.F. 1993



CANCIÓN PARA TODAS LAS QUE ERES

No solo el hoy fragante de tus ojos amo 
sino a la niña oculta que allá dentro 
mira la vastedad del mundo con redondo azoro, 
y amo a la extraña gris que me recuerda 
en un rincón del tiempo que el invierno ampara.

La multitud de ti, la fuga de tus horas, 
amo tus mil imágenes en vuelo 
como un bando de pájaros salvajes.

No solo tu domingo breve de delicias 
sino también un viernes trágico, quien sabe, 
y un sábado de triunfos y de glorias 
que no veré yo nunca, pero alabo.

Niña y muchacha y joven ya mujer, tú todas, 
colman mi corazón, y en paz las amo.



VOY A NOMBRAR LAS COSAS

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.

Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia, 
despojados de sombra, siempre iguales.

Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.

Ni el estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.

Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.

Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarla de pronto con el alba.


ASOMBRO 

Me asombran las hormigas que al ir 
vienen tan seguras de sí que me dan miedo 
porque están donde van sin más preguntas 
y aunque asomos de vida son perfectas 
si minúsculas máquinas que saben 
el dónde y el adónde que les toca 
y a la muerte la ignoran como a nada 
si no fuese tan útil instrumento 
con que hacer de lo inerme nueva vida. 

Pero aunque agrande su minucia viva 
el azoro redondo en que las miro 
y me apena que no se sepan nunca 
tal como son en su afanarse oscuro 
ya tan inmemorial como la Tierra 

más me asombra mi pena y me convence 
de que saberse el ser bien que la vale 
aun cuando el precio sea tan alto como 
el enorme silencio de allá afuera. 




viernes, 23 de septiembre de 2016

EL TEMOR DE UN HOMBRE SABIO



El temor de un hombre sabio. 
Crónica del asesino de reyes: segundo día 




de Patrick Rothfuss
Madison, 1973
 Wisconsin, Estados Unidos



Escritor estadounidense y profesor adjunto de lengua y filología inglesa en la Universidad de Wisconsin.



Segundo libro de la Trilogía Crónica del asesino de reyes:


Primer día: El nombre del viento.

Segundo día: El temor de un hombre sabio.

Tercer día: Las puertas de piedra - Sin publicar



Es el segundo día y Kvothe continua narrando su historia, sigue estudiando en la Universidad y también siguen tocando en los locales de Anker's, además de sus encuentros aleatorios con Denna. Sin embargo, debido a multitud de problemas, entre ellos tener que presentarse ante la ley del hierro y ser llevado a juicio, sus amigos le aconsejan dejar la Universidad un tiempo.


Kvothe deja la Universidad para ponerse en marcha hacia Vintas, donde un poderoso noble requiere sus servicios. Tras un desafortunado viaje llega a Severen, donde rápidamente se encuentra enredado en la política de la sociedad cortesana. Al intentar ganarse el favor del maer Alveron, Kvothe descubre un intento de asesinato, ayuda a cortejar a la amada del maer, y dirige un grupo de mercenarios con el fin de acabar con los bandidos que extorsionan los caminos por los que viajan los recaudadores de impuestos del acaudalado noble.


Una vez terminado con ellos, en un día de luna llena, el grupo de mercenarios y Kvothe descubren a Felurian, un ser Fata, antiguo e irresistible para cualquier hombre, de la que se cuentan innumerables e increíbles historias. A pesar del miedo de sus acompañantes, Kvothe persigue a la mítica mujer, entrando así en el reino Fata, del que ningún hombre ha vuelto. Sin embargo, el ingenioso Ruh, después de pasar un tiempo con ella, se las arregla para que Felurian le deje ir con la promesa de que volverá cuando termine la canción que está componiendo para ella y dándole además una capa de sombras junto con una gran cantidad de experiencias amorosas.




Las Guerras de la Creación y el Robo de la Luna

Las Guerras de la Creación terminaron con el mundo dividido en dos y la luna atrapada entre ambos mundos. Según Felurian, el robo de la Luna puso fin a la última oportunidad para la paz. Le cuenta a Kvothe que antes de los hombres y de los Fata, cuando sólo existía un cielo, había hombres que caminaban por la tierra con los ojos abiertos y conocían los nombres de las cosas viviendo en paz. Entonces llegaron aquellos que veían una cosa y pensaban en cambiarla. Eran los modeladores o creadores y tenían grandes sueños. Su poder fue creciendo y los antiguos habitantes intentaron pararles pero los creadores se negaron a acatar sus normas y crearon el Reino Fata, un lugar donde podían hacer lo que ellos quisieran. Durante un tiempo hubo dos mundos y dos cielos pero entonces el mayor y más poderoso de los modeladores deseó robar la luna y llevarla al mundo Fata. Pero no pudo hacer que se quedara en su mundo por lo que ahora la Luna se mueve entre los dos mundos provocando la guerra entre los creadores y los antiguos habitantes.


***************


A su vuelta al mundo de los mortales, Kvothe acompaña a Tempi, mercenario adem, hacia Haert, donde aprende el legendario Ketan y consigue seguir el camino del Lethani con ayuda de su maestra Vashet pero tendría que estar allí por tres años para poder igualarse con Tempi. Sin embargo Kvothe decide que es momento de volver a la tierra del maer. De camino, Kvothe libera a dos muchachas de manos de una falsa troupe de Edena Ruh, poniendo de manifiesto su experiencia recién adquirida en el combate.


Al llegar a Severen recibe su recompensa por los servicios prestados a Alveron, pero debido al odio de la esposa del maer hacia los Ruh, se ve obligado a abandonar Vintas y volver a la Universidad, no sin antes haber recibido algunos favores de parte de Alveron. Allí se vuelve a reunir con todos sus amigos, Simmon, Wil, Fela, Mola y Devi, con el maestro Elodin, a quien cuenta la historia de sus aventuras por el mundo Fata, y por último con Denna, a pesar de que el encuentro no termina del todo bien.


Kvothe retoma sus estudios, y dado que el maer se comprometió a pagarle las matrículas, se ve por primera vez con dinero y rodeado de una serie de historias que pasan de boca en boca, las cuales hablan de un joven pelirrojo que invocó al rayo, regresó de los brazos de Felurian permaneciendo cuerdo, y que consiguió nombrar al viento. Cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, para poder así llevar a cabo su venganza.





Personajes Principales:

Kvothe es un Edena Ruh (artistas itinerantes que son a menudo despreciados) y de su familia le viene su talento a la hora de tocar instrumentos, sobre todo el laúd. Al quedarse huérfano a una edad muy temprana, se ve forzado a sobrevivir como ladrón y vagabundo. Gracias a su talento y habilidades consigue llegar a la Universidad, convirtiéndose en el alumno más joven jamás admitido, después de el maestro nominador Elodin. Tiene una gran determinación, fuerza de voluntad, memoria e inteligencia.

Denna: Es una joven de la que Kvothe se enamora. No permanece mucho tiempo en el mismo lugar, nunca habla de su pasado y cada vez que aparece ha cambiado de nombre y de acompañante. Padece de una afección respiratoria y no es capaz de dormir más de tres horas seguidas por las noches, lo que hace que se despierte y vuelva a dormirse continuamente. Es hermosa, inteligente, elegante y valiente, también tiene talento para la música y el canto. Trabaja para un misterioso mecenas del que Kote sospecha que puede ser uno de los Chandrian, "Ceniza". Kvothe se refiere a él como "Maese Fresno".

Felurian: Es un ser Fata y está considerada como la mujer más hermosa tanto en el mundo de los hombres como en el de los Fata. Se la podría describir como caprichosa e infantil, a veces se muestra sensata y otras fácilmente irritable. Cruza al mundo de los mortales para seducir a los hombres y atraerles a su mundo. Entonces, utiliza todo su poder de seducción hasta enloquecer a los hombres o incluso matarles. Tiene un largo encuentro con Kvothe y se hacen amigos incluso mantienen relaciones sexuales. Le regala un shaed (una capa de sombras que permite a Kvothe ser menos visible en la oscuridad). El shaed tiene la particularidad de que, cuando alguien lo observa, no ve "nada extraño" en él (excepto Elodin) y que es capaz de moldearse a gusto de su propietario. Ella lo deja marchar con la promesa de que él volverá cuando termine una canción para ella.

Bast: Es discípulo y amigo de Kvothe  y le ayuda a llevar la posada. En apariencia Bast parece humano pero en realidad es un Fata. El mayor deseo de Bast es que Kvothe vuelva a ser el hombre que fue y es por eso que le anima a contar su verdadera historia. 

Devan Lochees: Es conocido como "Cronista", es uno de los biógrafos más famosos de todos los tiempos. Es rescatado por Kvothe de unos demonios y llevado a la posada Roca de Guía. Después de darse cuenta de quién es en verdad el posadero, le convence para que le cuente la historia de su vida.

Maestro Elodin: Es un Maestro Nominador. Excéntrico y brillante, fue admitido en la Universidad con 14 años, graduándose a los 18 y ocupó también el cargo de rector. Hace años ocurrió un incidente del cual no quiere hablar y fue encerrado en el sanatorio de la Universidad hasta que se fugo. Elodin enseña a Kvothe a encontrar el nombre del viento y se hace también su amigo. Sabe muchas cosas de las que no suele hablar, cosas sobre Felurian o los Adem.

Conde Threpe: Mecenas musical que vive en Imre. Quiere ayudar a Kvothe e intenta conseguirle un mecenas y por fin lo consigue al ponerse en contacto con el maer de Vintas, donde envía a Kvothe para que se ponga a su disposición y pueda conseguir sus favores y así poder seguir en la Universidad.

Maer Lerand Alveron: Gobernante de Vintas. Kvothe se pone a su servicio durante una temporada sirviéndole de consejero y haciendo para él lo que necesite. Es un hombre severo sobretodo si no se respetan sus normas, un poco prepotente quizás por pertenecer y descender de la nobleza. Kvothe le ayuda a conseguir el amor de la dama Meluan, a la que convertirá en su esposa.

Meluan Lackless: Heredera de la familia Lackless, una de las más importantes de Vintas. Es cortejada por el Maer y termina casándose con Alveron gracias a la ayuda de Kvothe. Aunque al principio simpatiza con Kvothe, cuando descubre que es un Ruh comienza a sentir un profunda aversión por él, ya que su hermana mayor, Netalia, se fugó con un Edena Ruh, por lo cual fue desheredada y Meluan pasó a ser la única heredera. Se cree que Netalia Lackless se cambió el nombre, pasando a llamarse "Laurian", y que era la madre de Kvothe. 

Stapes: Amigo desde la infancia y también consejero del Maer. Le regala a Kvothe un anillo de hueso (lo que significa tener una deuda profunda y duradera) por salvar la vida al Maer.

Tempi: Un mercenario Adem que conoce a Kvothe en Vintas, haciéndose grandes amigos, le llevará hasta Haert para que aprenda las artes del "Ketan y el Lethani".  

Shehyn: Anciana maestra de la escuela de Haert en Ademre, donde Kvothe vive por un tiempo convirtiéndose en su alumno y consiguiendo pasar todas sus pruebas. Lleva un gorro de lana amarillo hecho por su nieta.

Vashet: Llamada "El Martillo", es otra de las maestras de Kvothe y la encargada de evaluar si tiene las habilidades necesarias para convertirse en Adem. Después de algún tiempo, Kvothe y ella empieza a tener relaciones aunque el no se compromete.

Penthe: Es una muchacha Adem, considerada una de las mejores luchadoras de la escuela. Es la primera en hacerse amiga de Kvothe.

Carceret: Una mercenaria Adem que está en contra de enseñar a Kvothe los secretos de los Adem. Le odia porque le considera un ladrón de la sabiduría adémica, y también porque Kvothe recibe a Cesura (Saicere, la espada que Vashet elige para Kvothe), la cuál fue antes de la madre de Carceret.

Magwyn: Abuela de Vashet, le da a Kvothe el nombre Adem de Maedre, que significa la llama, el trueno o el árbol partido.


Algunas frases del libro:

"Todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable."

"La música existe para cuando nos fallan las palabras."

"Es mejor parar cuando debes, antes que correr hasta caerte."

"Mis mayores éxitos fueron producto de decisiones que tomé cuando dejé de pensar e hice sencillamente lo que me parecía correcto."

"El día que empezamos a preocuparnos por el futuro es el día que dejamos atrás nuestra infancia."

"El poder está bien, y la estupidez es, por lo general, inofensiva. Pero el poder y la estupidez juntos son peligrosos."

"Dormida era el cuadro de un incendio. Despierta era el fuego mismo."

"Las preguntas que no podemos contestar son las que más nos enseñan."

"Es mejor tener la boca llena de veneno que un secreto en el corazón. Cualquier idiota sabe escupir el veneno."

"Si quieres saber quién eres, camina hasta que no haya nadie que sepa tu nombre."





Os lo recomiendo, un gran libro de literatura fantástica igual de bueno o mejor incluso que el primero.





miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA CASA DE LABOR - Fragmentos

Hermann Hesse

Junto a esta casa, me despido. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ver una casa semejante. Porque me estoy acercando al paso de los Alpes, y aquí se termina la arquitectura septentrional alemana, así como la lengua alemana y el paisaje alemán.


!Que hermoso es cruzar tales fronteras! El caminante es en muchos aspectos un hombre primitivo, del mismo modo que el nómada es más primitivo que el campesino. Pero vencer el sedentarismo y despreciar las fronteras convierte a la gente de mi clase en postes indicadores de futuro. Si hubiera más personas que sintieran mi profundo desprecio por las fronteras, no habría más guerras ni bloqueos. No existe nada más odioso que las fronteras, nada más estúpido. Son como cañones, como generales: mientras reina el buen sentido, la humanidad y la paz, no nos percatamos de su existencia y sonreímos antes ellas, pero en cuanto estallan la guerra y la demencia, se convierten en importantes y sagradas. ¡Hasta qué punto significan durante los años de guerra tortura y prisión para nosotros los caminantes! ¡Que el diablo se me las lleve!




Dibujo la casa en mi libreta de apuntes, y mis ojos se despiden del tejado alemán, de las viguerías y frontones alemanes, de muchas cosas íntimas y familiares. Una vez más siento un amor intensificado por todo lo patrio, porque se trata de una despedida. Mañana amaré otros tejados, otras cabañas. No dejaré aquí mi corazón, como se dice en las cartas de amor. Oh, no, el corazón lo llevaré conmigo, también lo necesito en las montañas, y a todas horas. Porque soy nómada, no campesino. Soy un amante de la infidelidad, del cambio, de la fantasía. No me seduce encadenar mi amor a una franja de tierra. Todo cuanto amamos sigue siendo sólo un símil para mí. Cuando nuestro amor se detiene y se convierte en fidelidad y virtud resulta sospechoso.


¡Dichoso campesino! ¡Dichoso el propietario, el virtuoso, el sedentario, el fiel! Puedo amarle, puedo respetarle, puedo envidiarle. Pero he perdido la mitad de mi vida intentando imitar su virtud. Quería ser lo que no era. Cierto que quería ser poeta pero, al mismo tiempo, un ciudadano. Quería ser artista y un hombre de imaginación, pero también tener virtud y disfrutar de la patria. Tardé mucho tiempo en saber que no se puede ser y tener las dos cosas a la vez, que soy nómada y no campesino, perquisidor y no guardián. Durante mucho tiempo me he mortificado ante dioses y leyes que para mí eran solamente ídolos. Este fue mi error, mi tormento, mi complicidad en la desgracia del mundo. Incrementé la culpa y el tormento del mundo empleando la violencia contra mí mismo, no atreviéndome a seguir el camino de la redención. El camino de la redención no me lleva ni a derecha ni a izquierda, me lleva al propio corazón, y sólo allí está Dios, y sólo allí está la paz.


Desde las montañas sopla una húmeda ráfaga; al otro lado, azules y celestes islas contemplan nuestras tierras. Bajo aquellos cielos seré feliz a menudo, y también a menudo sentiré nostalgia del hogar. El perfecto representante de mi especie, el vagabundo puro, no debería conocer esta nostalgia. Yo la conozco, no soy perfecto y tampoco pretendo serlo. Quiero saborear mi nostalgia como saboreo a mis amigos. 


Este viento hacia el que trepo tiene una maravillosa fragancia de lejanía y de otro mundo, de aguas divisorias y fronteras lingüisticas, de sur y de montañas. Está lleno de promesas.


¡Adiós pequeña casa de labor y paisaje de la patria! Me despido de vosotros como un adolescente de su madre: sabe que ya le ha llegado la hora de separarse de ella, y sabe también que nunca podrá abandonarla del todo, aunque tal fuera su deseo.


Del libro "El caminante" - prosas, poemas y acuarelas.